“La poesía huilense goza de buena salud”: así lo testifican algunos escritores y críticos literarios desde fuera. La identidad, nuestras identidades culturales y literarias, son más visibles desde el otro lado de la comarca. “Los árboles no dejan ver el bosque”, dirán algunos. Para tener una noción más clara de ese valor se hace necesario que la poética huilense se vea confrontada a diario. Y, para ser francos después de José Eustasio Rivera pasaron muchos años para que se gozara de excelente salud y hubiese una confrontación permanente.

El Huila existe, desde ayer y desde el después, gracias a Rivera. Ningún político, ningún deportista, ni un solo empresario tiene la resonancia supraespacial que tiene Rivera. Y cuando digo supraespacial, me refiero a ese tiempo donde no hay pasado, presente o porvenir. Me refiero al presente lineal, perpetuo, estacionado, donde el rostro de José Eustasio se instala como un tótem, como un icono para la panorámica colombiana. Gracias a Rivera el Huila existe, deja de ser el departamento donde lo único que cuenta, según los medios de información, es nuestra pasada cercanía a la extinta zona de distensión, los permanentes secuestros y la incursión guerrillera -por primera vez- al espacio-territorio urbano.

Rivera dejó de ser huilense para convertirse en un referente nacional y latinoamericano. En eso consiste la pericia y el talento de los escritores, verdaderos escritores. Balzac, Zola, Flaubert, Maupassant, Baudelaire, para nombrar sólo un puñado, hace mucho tiempo dejaron de ser franceses para convertirse en escritores de Europa, escritores del siglo XIX, creadores universales. Lo propio sucede con Rivera. José Eustasio es un creador de Latinoamérica, el poeta del trópico, el cantor de lo macro.

Después de Rivera, ¿qué?

Después de la muerte de José Eustasio, acaecida en Nueva York en 1928, pasarían muchos silencios y muchos días antes de que una voz se levantara de nuevo. La ciudad de Neiva y el Departamento del Huila, que por aquel entonces contaba con sólo 23 años de creado, estaban estacionados en unos imaginarios poco elocuentes para las artes. Nuestra realidad agropecuaria, esa noción de lo bucólico, amparados en nuestro pasado pastoril, confinaban la actitud-aptitud del hombre opita hacia lo comercial productivo. Eso daba poco espacio para lo creativo, para lo imaginativo, para lo que va más allá, lo que se ubica por encima de los sentidos y lo inmediato. No obstante, esta constante, esta dinámica adversa a las artes no fue obstáculo para que surgieran hombres de suma valía como Ricardo Borrero Álvarez o Gustavo Andrade Rivera. Rivera fue el padre de ellos, el rayo de luz que escanció la copa. Luego llegarían Humberto Tafur Charry,

Isaías Peña Gutiérrez, Benhur Sánchez Suárez, Guillermo Martínez González, Antonio Correa Lozada, Ademir Agudo, Jader Rivera Monje, Heider Rojas Quesada, Gerardo Meneses Claros, Betuel Bonilla, Esmir Garcés Quiacha, Margarita Lozada, Marisol Bohórquez . Rivera fue un derrotero, brújula, espejo. Gracias a Rivera la poética local salió de la oscuridad y comenzó a brillar con luz propia, permanente.

Mientras que en otros países de América Latina existían creadores de la talla del peruano César Vallejo, los chilenos Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Gabriela Mistral o los mexicanos Jorge Cuesta, Efraín Huerta y Octavio Paz, en caso colombiano Rivera es uno de nuestros poetas nacionales. Sin embargo, no podemos hablar de rupturas, como lo han hecho irresponsablemente ciertos académicos, puesto que Venezuela ya tenía a José Antonio Ramos Sucre y Ecuador a César Dávila Andrade. Sí podemos afirmar con mucha certeza que Rivera fue un creador moderno, por lo menos en lo que se refiere a «La vorágine». Y es moderno no sólo por estar instalado en una época de cambios mentales, repercusiones industriales y giros literarios propios de la vanguardia americana, sino también por ser un creador orgánico, en el término de Antonio Gramsci, intelectual comprometido –pero no en la categoría estática ni retrógrada– con lo social, lo literario, lo político y lo humano. Rivera estuvo por encima de los partidos políticos, se sobrepuso a los tentáculos de la definición, a las categorías y a los sellos. Fue ante todo un humanista, coherente, centrado en su búsqueda, pero sin olvidar su exploración y su horizonte, pese a que siempre surgía ante sus ojos la cúspide de una cima más lejana.

Rivera, un escritor social

Todo escritor es social; no importa que unos aborden temas inmediatos, localizados, presentes, y otros, por el contrario, se ocupen de cosas pasadas, históricas, “lejanas” a su entorno o a su atmósfera. Uno no puede decir que Hermann Broch, autor de «La muerte de Virgilio», según los entendidos una de las mejores obras del siglo XX, Marguerite Yourcenar, quien concibiera esa hermosa visión de Adriano en «Memorias de Adriano», o Robert Graves, creador de «La diosa blanca» y de «Yo, Claudio», dejen de ser sociales por dirigir su mirada al pasado, -ni siquiera al propio- y se ocupen de personajes fallecidos, distantes de su tiempo y su cultura nacional, con un solo propósito estético y narrativo: para centrar todos sus esfuerzos en una creación en apariencia innecesaria o fútil, como llaman algunos a la literatura que no enseña, no deja mensaje y no tiene compromiso.

Y si de eso se trata, entonces Rivera es doblemente social. Por un lado, desarrolló una vida paralela a la literatura. Por el otro, denunció de manera decidida –desde su obra y desde la política– la explotación y las condiciones infrahumanas a las que eran sometidos los trabajadores de las caucherías del Amazonas, del Orinoco y del Guainía. Asimismo, evidenció los serios problemas que existían en las demarcaciones geográficas de nuestro país y los errores limítrofes entre Colombia, Venezuela y Brasil, además de denunciar la evasión de impuestos por parte de algunas multinacionales, como es el caso de la Andian.

Rivera fue un intelectual orgánico, de eso no nos cabe la menor duda. Pudo haber sido un intelectual de escritorio, de esos que especulan hasta la saciedad. Mas, para fortuna nuestra, fue un hombre de campo, un individuo conectado con la selva, con los aldeanos, las clases marginales, los menos favorecidos, los oprimidos, los -como diría Luís Buñuel- olvidados. Rivera tenía un claro concepto del otro: conocía, adelantando a muchos estudiosos de la cultura, categorías científicas como otredad y alteridad.

«La vorágine»

Lo más fácil es decir que «La vorágine» es una novela social y una novela de denuncia. Creo, sin temor a equivocarme, que «La vorágine» es el periplo no sólo físico, sino también humano, astral y espiritual. Cuando uno lee a Rivera, inmediatamente piensa en Dante, en Milton, en Goethe, incluso en Víctor Hugo. En «La vorágine» está presente el infierno de «La divina comedia», «El paraíso perdido» de Milton, «La tentación y caída del doctor Fausto», o «Las tribulaciones del joven Werther» de Goethe; incluso, reitero, la profundidad metafísica de un Víctor Hugo que, al igual que Cova, rechazaba las reglas aristotélicas de unidad lugar y tiempo.

Sin embargo, no quiero decir –sin negarlo de plano– que Rivera tenga serias influencias de estos grandes autores del viejo continente. Lo que quiero resaltar es que «La vorágine» es ante todo un libro que representa la lucha espiritual –podríamos pensar en Alonso Quijano– de Arturo Cova. Cova es un hombre que a través de toda la obra sufre serias metamorfosis, como las narradas por Ovidio. Es un hombre que lucha, más que con la selva, la violencia o el amor, consigo mismo, con su condición de hombre, sus limitaciones mentales y corporales. Entonces la selva vendría a ser los círculos del infierno de Dante, la serpiente del paraíso perdido, el diablo que tienta al doctor Fausto o Olympio, el personaje bandera e insigne de Hugo.

«La vorágine», como su nombre lo indica, es el remolino, la turbulencia que agarra, la selva que sujeta con sus manos y uñas. Esa selva es el destino, la muerte, el sueño, la pesadilla, lo onírico. Nada más angustiante que enfrentarse a ese juego de espejos. Lo demás son pretextos, estrategias narrativas. Alicia, Barrera, la casa Arana, la niña Griselda, don Clemente Silva pueden difuminarse en el espacio. Queda Cova y la selva, queda el combate a muerte entre el ser material y la luz de un sujeto que también es espíritu.