Por: Daniel E. Cortés

Profesor de Derecho

En 2005 se publicó uno de los libros más representativos del periodismo narrativo de Latinoamérica, “El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé”, de Alberto Salcedo Ramos. Con prólogo de Daniel Samper Ospina, donde se resalta la estructura, fiel representante del nuevo periodismo, mostrando una nueva forma de hacer literatura basada en hechos reales, aunque parezca ficción por las tragedias inverosímiles que padecen los personajes. Narra la vida de uno de los mejores boxeadores de la historia, Antonio Cervantes nació en 1945 en San Basilio de Palenque, primer enclave de negros cimarrones de América, en 1955 se mudó a Cartagena donde se vio obligado a vender cigarrillos de contrabando y ser lustrabotas para conseguir el sustento de toda su familia. En 1968, después de infructuosos combates a lo largo y ancho de la costa caribe, Antonio decidió irse a Venezuela para mejorar su técnica y ser campeón mundial, hazaña alcanzada en 1972, fue el primer campeón que tuvo este país lleno de perdedores hasta entonces, en sus entrenamientos, cada vez que le daba un golpe al saco de ciento veinte kilos, lo desplazaba noventa centímetros. ¿Y por qué insistió pese a las derrotas constantes en sus inicios?, “porque cualquier cosa que le diera el boxeo a Antonio era mejor de lo que tenía antes, pues en Palenque debía madrugar a buscar el agua, conseguir hojas para envolver los pasteles que preparaba su madre, cortar leña, vender pescado de casa en casa, a pleno sol y con los pies descalzos”. Ser el mayor de seis hermanos y la ausencia perenne de su padre, le dio obligaciones de adulto cuando era un niño. Pambelé fue consciente que la única opción que ofrecía la vida era ser boxeador, no se puso los guantes para empezar la pelea sino para seguirla porque los primeros golpes que da la vida son de hambre. Al comienzo de su carrera no tenía ni ropa, entrenaba sin desayunar, y si almorzaba, no cenaba y viceversa. Ya siendo campeón, se paseaba en su Mercedes Benz, comía langosta, cambió de amigos, nuestro campeón olvidó quién era y de dónde venía. Salía en todos los periódicos, le dedicaban columnas, salía con la cantante de moda, lo llamaba el presidente de turno para saludarlo, todo esto se debía a que Pambelé fue el hombre que nos enseñó a ganar. Cuando dejó de ser campeón en 1980, también adquirió la ubicuidad, la gente lo veía aunque no lo viera. Todos lo acababan de ver, “te lo iban acercando cada vez más en espacio y tiempo, hasta que empiezas a creer que ya lo encontraste, y resulta que es una sombra engañosa, se alarga y se encoge en el piso, mas no se deja tocar”. Su leyenda es tan notable que en cierta ocasión el escritor Gabriel García Márquez fue recibido en una reunión con la siguiente exclamación: ¡Acaba de llegar el hombre más importante de Colombia ¡ – Entonces García, respondió: -¿Dónde está Pambelé?-. Actualmente está tranquilo, pesando las mismas 140 libras y pensionado luego de dar lora durante más de 30 años, varios meses de rehabilitación y sigue combatiendo su enfermedad psiquiátrica heredada de su madre, porque el alcohol y las drogas no lo enfermaron, solo empeoraron su trastorno. Gracias, campeón.