Banquete de la amistad y de la solidaridad

Cada vez nos enriquece más la actitud de Jesús frente a las circunstancias concretas de la gente que le sigue. Estemos seguros que se predica más por el estilo que por las teorías por completas y sabias que sean. Es un hombre cercano, sencillo, detallista y solidario.

Recordemos que la invitación inicial a sus discípulos era al descanso merecido después que le comentan los resultados de la misión encomendada. Pero la gente lo seguía donde quiera que iba, y no se atrevió a despedirlos con hambre.

Hoy en este Domingo 17 del tiempo ordinario las tres lecturas se complementan para que entendamos el mensaje y lo llevemos a la práctica. San Pablo en la Carta a los Efesios nos exhorta a mantener la unidad, en la certeza de que formamos “un solo cuerpo y un solo espíritu con los mismos bienes recibidos del Padre de todos”.

En el 2º Libro de los Reyes de la 1ª lectura, Eliseo con la plena confianza en la palabra de Dios comparte unas primicias de panes y de trigo que le llevan con cien personas que comieron y se saciaron y sobró alimento.

San Juan a su vez nos narra el conocido pasaje de la multiplicación de 5 panes y 2 peces para saciar a más de 5000 hombres fuera de las mujeres y los niños.

Nos  detenemos siempre en los detalles de ternura de Jesús. Se da cuenta del tiempo que llevan detrás de Él, que no puede despedirlos porque es un sitio en descampado, sin tiendas de provisión. Prueba la fe de sus discípulos que siempre resulta pequeña y desconfiada, pone cerca al muchacho, vendedor ambulante con lo poco que estaba vendiendo, los hace sentar en la hierba, por grupos pequeños, hace oración a su Padre como siempre, los bendice, los hace repartir a todos, que recojan las sobras, no espera las gracias y se retira sólo cuando pretenden tomarlo a la fuerza para hacerlo rey.

Hoy hablamos mucho de solidaridad; hay encuentros, simposios, seminarios internacionales, consultas a todo nivel y cada vez notamos menos los efectos de una auténtica y eficaz ayuda a los necesitados. Sí, es cierto, sale a flote una ayuda inmediata de cajas de alimentos, de frazadas y colchones en las tragedias diarias de la naturaleza o de los hombres. La gente recibe eso con rabia, en desorden y se calma en poco sus necesidades primitivas. Pero nos olvidamos que no hay solidaridad sin unidad. No es lo mismo limosna que solidaridad; la limosna empobrece, crea envidias, rivalidades, críticas e insatisfacción. La solidaridad en cambio hace crecer a  todos, crea fraternidad, es signo de amistad.

Para ser solidarios no se necesita tener mucho, lo vemos en el mensaje de hoy se necesita amor, sentido de pertenencia y deseos de compartir lo poco.

Si el mundo luchara con esos ideales no se usaría el lenguaje “del primer y tercer mundo” que es sinónimo de estratos que dividen y producen la injusticia y la guerra. La conclusión es muy simple: todos tenemos algo para compartir no sólo en lo material, sino lo que somos y los valores morales que tenemos.