La toma de Afganistán por parte de miles y miles de talibanes, presagia días aciagos para las democracias occidentales.  Es claro que el principal propósito de estos fundamentalistas es crear intranquilidad política en el Medio Oriente, con el único fin de desestabilizar a toda la región y dar mal ejemplo a todos los extremistas en diversas latitudes. Países como Siria, Irán, Irak, por su vecindad sufrirán los primeros embates. También en Asia y Latinoamérica se sentirán los remezones.

El mundo en general va a retroceder dos décadas y volverá a vivir los delirios religiosos de los ayatolas, con la diferencia que en los actuales momentos y gracias a los desarrollos tecnológicos ese avance será más acelerado y viral, causando mayores estragos, con el agravante de que mundo contemporáneo vive momentos de profundas frustraciones y desengaños, lo que será un peligroso caldo de cultivo para ese fanatismo.

Los Estados Unidos, que siempre ha querido emular a su madre patria británica, sigue jugando a «policía del mundo» y ha metido sus narices en semejante polvorín y ahora pretende evadir sus responsabilidades. Mala hora para el presidente Biden que no tiene ni la menor idea de cómo salir de ese atolladero. Ha sacado a miles de sus soldados, pero ha dejado a otros miles de sus civiles. Y, en el entretanto, los talibanes han comenzado a «mamarle gallo”.

Igual le pasa con el coronavirus. Pero para ser sinceros, la pandemia tiene patas arriba todos los despachos del mundo entero. Nuestro presidente tampoco se salva. Y el mundo científico y médico tampoco parece dar pie con bola. Tampoco los fabricantes, aunque estos están felices   haciendo su agosto y vendiendo vacunas a todo el que las necesita. Lo único cierto es que el mundo no ha terminado de vacunarse y ya el negocio planteó una tercera dosis. Y mientras todos esperamos la anhelada «inmunidad de rebaño», conocemos informes desalentadores que nos dicen que la peste llegó para quedarse.

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Sigue tomando vuelo la carrera por la presidencia de la República.  Ya comienzan a perfilarse algunos favoritos como, por ejemplo, Alejandro Gaviria, un exministro de salud con mucha experiencia y muchos conocimientos de nuestra problemática. Desde luego nosotros seguimos apostando por una figura de la talla de Luis Alberto Moreno o Germán Vargas Lleras. Los tiempos que corren no son para que el próximo mandatario llegue a la Casa de Nariño a aprender, sino a aportar su sapiencia.

Pero mientras esto ocurra, nosotros los bogotanos estamos a la deriva por culpa de una rampante inseguridad ciudadana. Mientras no hay suficiente policía, los ladrones y los desadaptados imponen su criminal voluntad en la capital. A nuestra alcaldesa el problema se le desbordó. No tiene ni la menor idea de qué manera podrá restablecer la confianza de sus gobernados en su melancólica gestión.

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Adenda Uno. Qué vergüenza la manipulación que se está llevando a cabo de las famosas catorce curules para las víctimas del conflicto. No en vano es una herencia santista.

Adenda Dos. Lo que está ocurriendo con el «despelote» licitatorio de Mintic debe prender las alarmas de la señora ministra para que el problema no convierta en inmanejable su despacho.