¡Qué distractor! Creemos que hemos descubierto la pólvora porque hemos llegado a etapas del conocimiento insospechadas. Parece que se hubiese descubierto la piedra filosofal. Al colectivo cultural le ha llegado como nuevo paradigma y axioma conductual, la llamada “cultura inteligente”: edificios inteligentes, ciudades inteligentes. Ya no encontramos personas, encontramos pantallas, procesos algorítmicos que se deben conocer por fuerza, so pena de estar al margen del conocimiento y por ende del mercado. Caminamos vertiginosamente hace una sociedad robotizada: usted no es persona, es un código, es una clave; usted no tiene identidad, es seriado, es un código de barras. Usted no encuentra a una persona, encuentra a una máquina, claro es una máquina “inteligente”. Por favor, ¿ella conoce sus sentimientos y preocupaciones? Eso no cuenta para los procesos algorítmicos. ¿Usted ante quién reclama las deficiencias en los servicios que recibe? Ante unas máquinas; entonces, ¿qué soportes tiene para pedirles a los organismos del Estado que proteja sus derechos? Se acabaron las oficinas de archivo y correspondencia; ahora sí las empresas prestadoras de servicios que no cesan de recibir nuestras mensualidades, tienen la sartén por el mango para masacrar a los pobres usuarios de tales servicios y ¿ante quién se queja el ciudadano inerme? Cada día se suprimen puestos de trabajo, el desempleo cunde y la inseguridad aumenta en todos los ambientes. No se trata de quitar esos avances en la agilización de los procesos: ¡bienvenida la tecnología! Bueno, una tecnología con humanismo. Apliquemos las nuevas herramientas para que agilicemos los procesos productivos, pero por favor, no suplantemos al ser humano. La cultura del encuentro es intrínseca al ser humano. Por favor, no mutilemos al hombre, dejemos que se desarrolle como persona: la necesidad del otro es connatural al hombre. Estamos robotizando al hombre, le estamos quitando el alma. ¿Qué tipo de personas estamos creando? El índice de suicidios aumenta cada día, las enfermedades mentales crecen diariamente. ¡Qué ironía! El hombre moderno lo tiene todo, le falta lo fundamental, el amor. El hombre moderno vive lleno de artefactos pero no tiene personas a su lado; tiene equipos, faltan las personas. Hace muchos años un periodista de la BBC de Londres le preguntó a la madre Teresa de Calcuta: -¿Cuál es el mayor problema del hombre moderno?-, respondió sin titubeos, la soledad. Según los datos de firmas encuestadoras, el país en donde la gente es más feliz,  Dinamarca. Sin embargo, -¡qué paradoja!-; en Dinamarca el 47% de la población consume antidepresivos. En los países de mayor prosperidad económica es donde aparecen el mayor número de suicidios. Si el desarrollo no es integral, cojea. Cada día el hombre se comunica más con los de afuera que con los de adentro. Las redes sociales y los mensajes de texto y de voz absorben a la persona hasta el punto que no tienen tiempo de hablar con quién viven. Las máquinas los absorben tanto que ignoran al que está al lado. Cada día aumentan los hogares casas-hoteles e islas en medio del océano de las preocupaciones. El diálogo personal es escaso e inexistente. ¿Usted con quién comparte su vida? ¡Qué tristeza! Con una máquina.