Por Gerardo Aldana García

El Covid 19 tiene el don de la ubicuidad que, pese a ser invisible, se siente en todas partes. Además, a la hora de incubarse, no sabe distinguir en su víctima, ni el color de su piel y mucho menos su estrato social, credo o filiación política. El mortífero virus, como escapado de una caja moderna de Pandora, se ha convertido en el fantasma que asusta hasta al más guapo, a la más bella, al más pobre o al inmensamente rico, al clérigo penitente o al pecador irredimible.  Pero esto no es nada nuevo; los noticieros del mundo afirman este planteamiento por todos conocido. No obstante, la reflexión resulta de utilidad al momento en que cada quien, haya padecido o no el Corona Virus, eso sí, que se encuentre vivo, se ve en la necesidad de redefinir la escala de prioridades en su propia existencia, verificando que un sin número de deseos, ideales, prácticas, proyectos, sueños, etc, deberían ubicarse, para su materialización, por debajo de la inexorable inversión en lo que es la propia vida, posible solo desde el goce de  una salud física al menos básica, y otra, la espiritual, con el mayor grado de significancia.

Es fácil advertir lo fugaz de los apetitos del hombre atado al mundo material, y que se ha olvidado de la esencia real de su tránsito por el planeta tierra. De la noche a la mañana, todo cae como un castillo de naipes y la persona apenas tiene tiempo de revisar un poco lo que fue su existencia y ver, impasible y triste, cómo lo que ha creado o imaginado, incluidos sus seres más amados, contemplan su desplome y luego su partida. Y la desesperanza de este paciente se transfigura lentamente en toda una sociedad que ciega, continúa en el desacierto de pensar que sus días son infinitos y que la muerte es un visitante funesto solo para su vecino.

En realidad, la supervivencia del hombre en el planeta urge una transformación social a partir de la conciencia del individuo. Una conciencia que da un viraje desde el exterior hacia el interior, en donde le es posible encontrar respuestas a los problemas no resueltos, a la crisis de identidad que lleva al divorcio del hombre con su propia naturaleza de un ser en ascenso que propende esferas de auténtico equilibrio entre el pensar, el sentir y el obrar, siempre para el bien de la raza humana y de la madre naturaleza que lo sustenta. Ciertamente, este es un predicado echado a volar por hombres de fe, por altruistas como Gandi o Teresa de Calcuta, por pontífices como Francisco o Su Santidad el Dalia Lama, antropólogos como Samael Aum Weor, pero también por una nutrida serie de organizaciones sociales, ambientalistas, pro médicas, etc, cansadas de la barbarie del hombre contra el hombre. Es un despertar de conciencia el que puede salvar al mundo, en donde se piense que la acumulación material a ultranza, se subordina al verdadero bien común, ayudando al más débil y no haciéndose más rico a sus costillas. Esta conciencia nada tiene que ver con el hecho de tener los ojos abiertos para la oportunidad de riqueza, en cambio sí, el sentido de la auto observación para sentirse parte del equilibrio del universo, del planeta, de la sociedad, del hogar; entonces, el colectivo social podrá tener una mayor fortaleza para repeler ataques como el Covid 19, cuyo imperio campea vigoroso en los ámbitos del brutal consumismo y sus engaños.