“Oremos, dijo una señora de fe, por la conversión de nuestros hijos”. No se trataba del todo de que sus hijos fueran un desastre ni cosa parecida. Se refería al deseo de verlos retronar o acaso reiniciar su vida espiritual, en este caso en el seno de la Iglesia católica. Es un fenómeno creciente y con más consecuencias y dolores de los que se pudiera pensar.

En muchas familias de hondas raíces espirituales se ha venido dando una ruptura entre los padres y los hijos debido a que estos últimos se han apartado de la vida de fe y en el mejor de los casos han optado por otros caminos espirituales o que pretenden serlo. Las razones de este alejamiento son muy diversas y van desde la indiferencia de buena parte de la sociedad moderna ante la dimensión espiritual, pasando por los escándalos eclesiales o por la vivencia demasiado intensa de la fe en el ámbito familiar y, también, por una tendencia de nuevas generaciones que creen haber descubierto la vida sin religión y se han instalado allí sin mayor problema.

En los padres de familia que hay una sincera y equilibrada vida de fe, la lejanía de sus hijos de lo religioso, es una tristeza larga, según cantaba Piero. Es la ruptura de uno de los vínculos más importantes de la vida e identidad familiar y que para muchos es en últimas el hilo conductor de todo lo que se hace y vive y también la guía para la meta final de la existencia. Pero además de ser una fuente de tristeza, es mana de preocupaciones pues para quien tiene fe, el hecho de que un pariente cercano rompa su relación con Dios, no es asunto sencillo ni fácil de digerir.

Para el creyente sincero no es tan simple resignarse a que su hijo o hija haya decidido (¿?) hacer la vida sin Dios y mucho menos con Iglesia o institucionalidad religiosa. Quizás la preocupación tenga que ver también con el futuro, no solo el que se hará presente como síntesis en el juicio final, sino con el de la vida, que es larga, esforzada, llena de pruebas, a ratos ingrata, y sin fe cualquier cosa puede pasar.

Dentro de todo esto llama muchísimo la atención la actitud desentendida, dura y resistente de los hijos e hijas sin fe, ante el deseo de sus padres para que aborden la dimensión espiritual. “Ese es mi problema”, “tú ya sabes los que pienso al respecto”, “ya te dije que yo no tengo tiempo para esas cosas”, son algunos de los misiles intercontinentales con que algunos críos atacan a sus padres cuando de fe y religión, a nivel personal, se les quiere abordar. Creo que para ser papá y mamá en estos tiempos hay que tener una coraza bien gruesa. La frialdad religiosa de algunos hijos puede ser hasta cierto punto una reacción comprensible. Pero lleva mucho de soberbia y autosuficiencia, que la vida se encargará de derretir. Entonces, ¿qué hacer? Orar sin cesar, dar ejemplo en lo que a la fe se refiere y echar sermoncitos en el almuerzo del domingo, aunque algunos hagan pucheros. Se puede acompañar de puchero bogotano, que es delicioso.