Andrés Molano

Analista y profesor de Relaciones Internacionales

Habrá sido un respiro para el presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, y para su equipo, poner en marcha el proceso de empalme con la saliente administración, una vez superada la renuencia del presidente saliente, y habiendo amainado un poco el viento borrascoso de una tormenta que sería ingenuo dar por concluida.  Como el dinosaurio del famoso microcuento de Monterroso, el “Trumpismo” -lo que quiera que eso sea y represente- seguirá estando ahí por un buen rato.  La tarea de remendar el orden mundial, y poner la casa en orden, no será nada fácil.  Y su éxito en ella estará sujeto a no pocas contingencias, muchas de las cuales estarán más allá de su control, de sus capacidades, y –definitivamente- de sus buenas intenciones.

Sortear el complejo panorama sanitario y económico que afrontan los Estados Unidos demandará ingentes esfuerzos, en contra de los cuales conspirará no sólo la persistente fragmentación política y social que experimenta ese país, sino las tensiones entre las distintas fuerzas que cohabitan en el propio partido Demócrata; por no hablar de los obstáculos que puedan derivarse de un Congreso dividido, con un partido Republicano que, además, tendrá que resolver sus propias encrucijadas.

Traer a Estados Unidos de regreso a la mesa principal de la agenda global requerirá no sólo de una declaración de buena voluntad, sino de una delicada estrategia para navegar el mar embravecido de la política internacional.  Regresar al Acuerdo de París es la parte más fácil de la tarea de afrontar los desafíos cada vez más acuciantes que plantea el cambio climático.  La cuestión del programa nuclear iraní no se resolverá simplemente resucitando el Plan Integral de Acción Conjunta -cosa, por lo demás, virtualmente imposible-, sino que habrá que barajar nuevamente las cartas, no sólo con Teherán sino con los otros jugadores involucrados en la partida, bajo nuevas y muy distintas condiciones.

Habrá que ver cómo gestiona la administración Biden las relaciones con Rusia, y, por supuesto, con China.  De aquella, Biden ha dicho alguna vez que es una de las principales amenazas a los Estados Unidos.  De esta, que es el principal de sus rivales.  Esa rivalidad, por muy competitiva que sea, no tiene por qué ser necesariamente conflictiva.  Pero los términos de una relación nunca los define una sola de las partes, y la apuesta de Xi Jinping puede ser una muy distinta y no ser siempre clara.

Con los aliados y los socios tradicionales no le bastará decir “borrón y cuenta nueva”.  Algunos vínculos, por decir lo menos, han quedado erosionados.  Habrá más cautela, más precaución, y en todo caso, mayor reserva y reivindicación de autonomía.  Lo ha dicho Josep Borrell, el jefe de la diplomacia europea: “La UE durante mucho tiempo ha dormido bajo el paraguas protector de Estados Unidos”, y ya no quiere ni dormir ni depender de ese paraguas.

No son pocas, en fin, las tribulaciones del señor Biden.  Y no son, tampoco, solamente suyas.