Fue un llamado especial de Dios el que tuvieron unos sabios del Oriente de Palestina, quienes recibieron, por medio de una estrella especial, que sabían ellos anunciaría al “Rey de los Judíos” (Mt.2).

Por Mons. Libardo Ramírez Gómez

“Maravillados”, “estupefactos”, son palabras que apenas nos acercan a calificar cuanto sentimos ante verdades sorprendentes de indecibles realidades. Infinita emoción al decir: “Niño Dios, soy tu hermano”. Es verdad que estremece al postrarnos ante Él que se le llamará “Hijo del Altísimo”, como le anuncia el Ángel a María santísima, acerca del hijo que concebiría por obra de Espíritu Santo (Lc. 1,22-33). A este Niño, ya convertido en predicador, se le preguntó quién era, y, sobre cuya propia realidad, invitó tener en cuenta las obras del Padre celestial que realizaba, y concluyo: “Yo y el Padre somos uno” y agregó: “El Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn. 10,24-38).

Fue un llamado especial de Dios el que tuvieron unos sabios del Oriente de Palestina, quienes recibieron, por medio de una estrella especial, que sabían ellos anunciaría al “Rey de los Judíos” (Mt.2). Ellos, venciendo dificultades, pero perseveraron hasta el lugar que la estrella les señaló, en donde estaba el Niño. No fue en un palacio, ni rodeado de ampulosa corte, sino en casa humilde de Belén, lugar anunciado por el profeta Miqueas (5,1), en donde: “vieron al Niño con María, su madre”. Sin titubeos, postrándose lo adoraron, y le entregaron los dones que le traían, “oro, incienso y mirra”, que eran por la triple realidad de Rey, Dios y Hombre. Sin necesidad de argumentos ni explicaciones como las que pedirían los dirigentes judíos, según el pasaje del Evangelio de Juan, con asombro y pronta respuesta al llamado de Dios, palpan la verdad más grande que se ha manifestado al mundo que ese Niño era “Rey de los judíos”, el Salvador del mundo, verdadero Dios y hombre, el “Hijo del Altísimo”.

Cuantas maneras hay en el mundo, con el propósito de hacer de la Navidad una época distinta, que traiga solaz, descanso, alegría personal, familiar y social, o la oportunidad de jugosos negocios y festividades regocijantes. Se buscan signos de esos regocijos con Papa Noel, la Befana, el Árbol de Navidad, canciones que invitan a “sacarle el jugo a la vida”. Pero en qué proporción tan mínima van los humanos frente al motivo del verdadero sentido de esta época, como el que tuvieron la Virgen y San José, los Pastorcitos de Belén, los Sabios del Oriente, que se acercaron a una realidad de infinito valor: el Niño, Hijo de Dios. Ningún gozo comparable, como acercarse al pesebre con esas actitudes. Nada más confortante que cuando se vive de verdad, el mensaje de este recién nacido. Él hace que retornemos a la vida, como los Sabios de Oriente, por otro camino.  Es así más digno, más alegre, más fructuoso el vivir.

Gratitud infinita debemos a Francisco, el “poverello” de Asís, porque hace ochocientos años (1182-1226), promovió la celebración sencilla, alegre y piadosa del nacimiento de Jesús, con cánticos de los villorrios, “villancicos”, con arreglo artístico de presentación de las campiñas de Belén, e iniciar su misión de “salvarnos y darnos ejemplo de vida”. En esas circunstancias mencionadas queremos ver a familiares y amigos, deseándoles verdadera “Feliz Navidad”.