Entre derechos, deberes y obligaciones, hoy se debate en todos los círculos de la sociedad mundial, nacional, regional y local, un tema de tanta de actualidad, neurálgico y popular que recorre todos los estratos sociales, sectores empresariales, políticos, religiosos, étnicos; los que hacen de la calle,  medios de  comunicación y redes sociales un escenario donde se expresan las diversas opiniones y controversias que permiten incluso analizar los factores humanos, de creencias religiosas, de aspecto cultural e incluso que rayan entre lo constitucional, lo lógico y de sentido común.

Con ello, me refiero a la viabilidad y/o posibilidad de que la vacuna contra el COVID-19 sea una obligación, un deber o responsabilidad que los individuos del mundo tengan que cumplir, con el fin de asegurar como en el pasado, tal como lo narra la historia, minimizar los efectos mortales y estragos dejados en su momento por la peste negra, el sarampión, la viruela entre otras enfermedades que tuvieron en el pasado, catastróficos efectos en la vida y salud de la humanidad.

Hoy el mundo es una aldea, en la que los medios de comunicación, trasporte, relación comercial, económica y social permiten una interrelación cercana, permanente y muy fluida, situación que nos hace más vulnerables y exponencialmente más rápida en la posibilidad de ser contagiados.

En nuestro país, la equivocada interpretación conceptual en libre derecho al desarrollo de la personalidad, la indisciplina social, la falta de conciencia, la descontrolada emisión de fake news en medios y redes,  nación donde también se cree que hay derechos y no deberes, permiten un amplio debate que originará muy seguramente por parte del gobierno nacional y las autoridades sanitarias, analizar con referencia a lo que en ya en varios países del mundo se viene haciendo y tomar  decisiones que permitan mitigar la proliferación del mortal virus, pero donde además se busquen medidas y condiciones que reactiven la economía, unificando condiciones con las que al interior de cada Estado, con consecuencias en los diferentes tratados, convenios y compromisos que hoy son globales, puedan encontrar el camino a restringir la movilidad de los no vacunados,  lo que impedirá poder viajar a determinado país, lugar, región e incluso no poder ingresar a sitios públicos donde ponen en peligro la salud y la vida de quienes responsablemente también concurren.

En mi opinión y punto de vista, asumo la responsabilidad personal y colectiva de vacunarme, con fe en Dios y la confianza en la ciencia, así como el reconocer la gestión realizada por el gobierno nacional, en torno a las acciones que permitan la vacunación masiva de los colombianos. Por ello, con respeto a la diferencia, personalmente no comparto que haya gente que se rehúse a tomar las medidas que van desde el lavado de manos, el uso del tapabocas y la posibilidad que el Estado genera en poderse vacunar.

Son ellos, para mí un segmento de población con actitud irresponsable, insolidaria y antisocial  que deberían buscar una burbuja donde quepan, se aíslen y no compartan con quienes muy seguramente podrían afectar y contaminar de manera potencial a un colectivo que si asume proteger y protegerse, contrario a una situación tal vez caprichosa, de una decisión personal y mezquina donde exigen derechos que rayan solo en lo individual, sin tener en cuenta los derechos colectivos que tienen que ver con la salud, la vida, así como la generación y construcción de un camino expedito a la verdadera posibilidad que el mundo tiene para mejorar las condiciones de quienes amamos la vida, nuestra vida y la vida de los demás.

Por ello vacunarnos es para mí un verdadero compromiso, un deber y porque no, una obligación que tenemos frente al futuro de la humanidad.