Por Froilán Casas

Obispo de Neiva

Creo que la pandemia del COVID-19 nos permite proponer una reforma laboral eficaz. Ésta se ha debido hacer hace décadas, tal vez el populismo nos ha impedido adelantarla. La reforma, que debe buscar el BIEN COMÚN, sin sesgos de lucha de clases, nos podría ayudar a superar en buena parte el desempleo. La reactivación económica, urgente ante la crisis generada por la pandemia, exige una gran flexibilidad en el manejo laboral. Hay que incentivar la inversión. Para ello es necesario, entre otras cosas, un código laboral que estimule el empleo, descargando impuestos que hacen onerosa la inversión. Debe haber flexibilidad en la contratación laboral para que las empresas, ante los nuevos retos, puedan tener facilidades de reconversión en los enfoques y respuestas en concordancia con la demanda. Se exige una flexibilidad en las obligaciones de previsión social: salud, riesgos laborales y pensión. El Estado debe proteger a la pequeña y mediana empresa para que los impuestos no se las traguen, generando mayor desempleo y pobreza. El Estado debe fomentar la productividad, subsidiando al pequeño y mediano inversionista: créditos blandos para el emprendimiento, premios e incentivos a las empresas exitosas: por favor, aplicarla parábola de los talentos; al que ha hecho producir los mismos, se les da mayores responsabilidades. Excúsenme, los espacios se ganan, fuera los privilegios. Hay que premiar y estimular al que trabaja, no al vago y sinvergüenza, que vive vociferando por todo y no aporta nada de solución. Un Estado alcabalero sin resultados en los buenos servicios que presta, es un Estado que fomenta el terrorismo. ¿A dónde llegan los grupos subversivos? A donde no hay presencia del Estado. Aquí no se trata de defender a la clase trabajadora, -excúsenme, clase trabadora somos todos los que trabajamos, dejemos esa vieja y obsoleta división entre artes liberales y trabajos serviles-, empleadores y empleados somos trabajadores. Unos y otros, trabajamos de sol a sol y somos los que pagamos impuestos para sostener ese paquidérmico aparato estatal. El método dialéctico aplicado a la realidad social le ha hecho mucho mal al desarrollo de los pueblos. Cómo se equivocó el señor Marx al afirmar en su obra La ideología alemana, que los países llamados industrializados serían los primeros en adoptar el régimen comunista. Los países industrializados llegaron a tener un nivel de vida insospechado: una economía de libre mercado, pero con una alta dosis social. El mejor caldo de cultivo para que prospere la ideología de la lucha de clases es la pobreza e inequidad. Por favor, no nos dejemos robar el discurso de la justicia social. La economía de libre mercado sin alta dosis social, es la peor pandemia. Donde hay injusticias no hay paz. Hagamos próspero nuestro país, aprovechando con racionalidad los grandes recursos naturales que tenemos. ¡Qué tristeza! Nuestra patria se parece a un pordiosero pisando una mina de diamantes. Con resentimiento social no llegaremos a ningún progreso. Aquí no se trata de defender a una clase social, la opción es el hombre, no ninguna clase. Por favor, incentivemos la productividad y esto nos lleva superar el desempleo y a lograr una sociedad en paz. Paz con justicia social.