Por: Fernando Bermúdez Ardila
Escritor e historiador
Nominado a Premio Nobel de Paz 2010

Los asesinatos y masacres en Colombia han sido el pan nuestro de cada día en el último siglo, que se acrecentó desde el 9 de abril de 1948 con la muerte de Jorge Eliecer Gaitán. No todas las víctimas de esta fatídica violencia son inocentes campesinos que caen entre el fuego cruzado de los actores del conflicto, muchos de ellos son miembros de algunos de los bandos en disputa que se encontraba en el lugar y hora equivocada; delincuentes no identificados por la justicia, pero si por la población civil; venganzas personales, ajustes de cuentas entre bandidos; justicia por mano propia; guerras por el control de un territorio y un sin número de etcéteras.

Por supuesto como lo dije anteriormente también mueren inocentes víctimas de la barbarie, de una guerra sin cuartel qué vemos con indolencia sólo en redes sociales y en los grandes medios de comunicación.

En los últimos años se ha vuelto más visible la tragedia que hemos vivido los colombianos por la facilidad de acceder a la información rápida y al instante.

Es así cómo podemos entender el conflicto de los últimos 40 años, olvidándonos de los 60 años anteriores.  Aquí detrás de esa violencia está un multimillonario negocio (el de las drogas) y la lucha por el poder de los territorios donde se produce la hoja y se procesa la cocaína.

Por supuesto las masacres y los asesinatos continúan y continuarán mientras exista el negocio, pero no todas las víctimas son santos varones o líderes sociales como pretenden hacerlos parecer ¿O acaso no hemos visto en las calles de las grandes, medianas y pequeñas ciudades del país a los propios habitantes hacer justicia por mano propia ante la impotencia de no sentirse protegidos por el estado?

¿O a un médico que juró salvar vidas, obligado por las circunstancias y para salvar la suya tener que disparar?

¿O a un alcalde de Bogotá después de que asesinaran a un joven estudiante de derecho por robarle un miserable teléfono celular, salir a los medios de comunicación para decir que la solución era no sacar los teléfonos de sus casas?

Cuando el ciudadano se siente desprotegido por el estado para procurar que se le cuide su vida y sus bienes, ese también es un factor generador de violencia.

En el caso de la posguerra con las FARC. Es entendible que toda guerra deja secuelas, cicatrices y rencores. Visto así es necesaria la grandeza de los desmovilizados para pedir perdón por sus desmanes, así como la grandeza del pueblo y los que fueron atropellados para perdonar.

Pero en honor a la verdad la historia de los asesinatos y masacres de los líderes sociales y políticos en Colombia no es nueva, está lleva casi un siglo, han sido asesinados de derecha y de izquierda, y sus asesinos son de ultra derecha y de ultra izquierda, el gobierno también ha participado asesinando y llevando a la cárcel a quienes consideran sus enemigos para silenciarlos. En los últimos tiempos con testigos falsos y comprados por interesados en obtener beneficios políticos y económicos, cómplice y artífice fue la justicia sin rostro en los años 90 hasta nuestros días, para la muestra este botón.