Desconcertada por no poder comprender, con las herramientas disponibles, el juego de la política electoral de hoy, me reconozco vulnerable aprendiz en un terreno totalmente desconocido y movedizo: el que usa las nuevas tecnologías para manipular al elector. Lo induce, de manera casi imperceptible, a un voto movilizado por sentimientos como el odio y el miedo, entre otros. Y si sumamos la incertidumbre sobre el futuro que ha generado la pandemia, tenemos electores exaltados, creyendo que tienen en su mano la llave a su libertad. Y esa llave es el uso del celular para navegar sin destino.

¿Quién es ese nuevo elector «empoderado» por el mundo virtual que busca con ansiedad los reflectores y los aplausos que antes le estaban reservados exclusivamente al candidato? ¿Es un ciudadano libre que parte de premisas ciertas para discernir, para opinar, para juzgar? ¿Está condicionado por las plataformas para la exhibición de su propia imagen? ¿El consumo compulsivo y glotón de la información virtual provee las herramientas para percibir  los hilos invisibles  que lo conducen a las urnas? Con seguridad muchos lectores dirán: «eso no me pasa a mí», pero ojalá otros empiecen por preguntarse: ¿con qué frecuencia recibo y reenvío información de manera inmediata y exaltada por una emoción? ¿Cuántas veces reenvío noticias convencido de ser portador de una gran revelación y después resultan ser fake news?

Me convertí por estos días en alumna de una amiga brillante, que domina ese mundo tan cercano y tan desconocido de la opinión pública. Mi aprendizaje empezó con la lectura de un artículo del escritor Yuval Noah Harari, publicado el 6 enero de 2019 en El País, titulado «Los cerebros hackeados votan». El enunciado del artículo es contundente: «Algunas de las mentes más brillantes del planeta llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para que pinchemos en determinados anuncios o enlaces. Y ese método ya se usa para vendernos políticos e ideologías».

Para este gran historiador «las tecnologías son capaces de corroer la libertad humana desde adentro». Hace afirmaciones muy controversiales que ponen en tela de juicio la libertad: «Si los gobiernos y las empresas logran hackear o piratear el sistema operativo humano, las personas más fáciles de manipular serán aquellas que creen en el libre albedrío. Para conseguir piratear a los seres humanos, hacen falta tres cosas: sólidos conocimientos de biología, muchos datos y una gran capacidad informática».

Harari nos desafía a vernos como «animales pirateables». Y, ¿cuál es el antídoto? El escritor plantea el mismo que ha prevalecido desde la antiguedad, para  sabios y santos: el conocerse a sí mismo. Sin embargo, hoy es más fácil que nos conozcan a que nos conozcamos. Como lo resume un agudo observador del comportamiento: «Uno no se ve como es, uno se ve como quisiera ser. A uno lo estudian para manipularlo y uno no se estudia a sí mismo para evitar que lo manipulen».

Harari concluye planteando serios interrogantes, que llevan a preguntarse por el futuro de las formas de gobierno: «¿Cómo funciona la democracia liberal en una era en la que los gobiernos y las empresas pueden piratear a los seres humanos?».

Lo mejor será seguir aprendiendo porque mientras los grandes «titiriteros» avanzan a velocidades de vértigo en la manipulación, nosotros preferimos atrincherarnos en nuestros prejuicios. Tal vez haría falta que nos «resetearan»  para volver a aprender y no perdernos a nosotros mismos en el tránsito desenfrenado por las redes.