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La democratización del consumo

Partamos de un principio: cada quien compra y consume lo que quiera, de eso se trata también la “libertad”. Si bien es cierto que estamos supeditados a unas marcas (en el pasado más que ahora), también es cierto que el abanico de opciones y de posibilidades es mucho más amplio; el mercado contemporáneo ofrece precios, calidad, variedad y marcas.

Varias de las características del capitalismo son el movimiento, la innovación y el cambio (movimiento y cambio). Si algún producto durara para siempre (bombillos, lámparas, automóviles, celulares u ordenadores) el capitalismo se estancaría, llegaría a su fin. Por eso todo se renueva, padece el mal de la obsolescencia programada; se programan los objetos y productos para que envejezcan demasiado pronto, y si no envejecen, sale al mercado su última versión, una edición sutilmente mejorada.

Para fortuna del mercado, las mercancías y los consumidores, en el mundo hace varios años se ha venido imponiendo un fenómeno que ha tomado muchísima fuerza, incluso en países en vías de desarrollo: “la democratización del consumo”. Y de esto podemos citar algunos ejemplos muy populares en Colombia: D1, Justo & Bueno, TOSTAO’, Gasolina Extra, Ara, entre otros.

Jersey Gardens (Nueva York) es uno de los “outlets” más baratos de Estados Unidos. Pero también existen Century 21, Walmart, Target, Woodbudy Common Premium Otlets (New Jersey). Y así sucede en Alemania (Aldi – Nord, Netto, Kaufland),

Francia (Leader Price, Carrefour), Italia (Eurospin, LD Market, D-Più Discount, Penny Market, Lidl), Polonia (donde son muy populares los “second hand” y Biedronka).

En Colombia, la clase media (y la clase alta cada vez con menos vergüenza) prefiere mercar en Justo & Bueno o en D1 y ya no en el Éxito, Carulla o Jumbo.

Y aunque el fenómeno tuvo sus precursores con supermercados como Megatiendas Express, sólo podemos hablar de una verdadera democracia del consumo con TOSTAO’ Café y Pan, D1 y Justo & Bueno. En TOSTAO’, por ejemplo, usted consigue un buen café por menos de 3000 pesos, lo cual es imposible hoy por hoy en Juan Valdez (Mc tinto, le dice un amigo). En Gasolina Extra, para citar otro caso, usted puede comprar unas buenas botas por 68.000 pesos. Sí, 68.000, ni siquiera la tercera parte de unas botas Nike o de unas Adidas. Yo sé que los colombianos, la gran mayoría, somos “marqueros”, tenemos claridad de ese viejo axioma que reza sobre el valor de uso y el valor de marca, pero para quienes ya estamos por encima del bien y del mal, sobre todo en tiempos de pandemia, las botas de 70.000 pesos me dan el mismo servicio que unas de 400.000, con la única diferencia de que las mías no tienen el “chulito” de Nike.

Y no hablemos de celulares (chinos), automóviles (chinos), televisores (chinos), ordenadores (chinos). Usted es libre de comprar lo que quiera, al fin y al cabo es su dinero y es su trabajo, pero usted decide si entra en la democracia del consumo o prefiere continuar en la dictadura de los precios altos y en la monarquía ochentera de los almacenes de cadena.

Yo soy defensor del minimalismo, pero respeto a quien no lo sea y tenga otras perspectivas sobre el consumo y la mortandad de los objetos. Y pese a ser defensor del minimalismo, también soy consciente de que cada vez es más difícil apelar a aquella frase del gran Sócrates parado frente a los mercados atenienses, miraba todo, pero no compraba nada. Al preguntarle la razón de su actuar decía: “Me encanta ver tantas cosas que no necesito”.

Usted decide qué necesita y qué no. Nadie puede tratar de colonizar su bolsillo y sus tarjetas de crédito. En cuanto a mí, me gustan los pasabocas y el café de TOSTAO’, los detergentes y suavizantes de Justo & Bueno, el champú contra la caspa de D1. Y lo mejor de todo es que los productos le producen menos urticaria a mi billetera.

 

 

 

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