Por: P. Toño Parra Segura

La columna de Toño

 Desde hace mucho tiempo en este Cuarto Domingo  después de la  Pascua se conmemora la fiesta del Buen Pastor, con mayúscula, es decir de Jesucristo, único Pastor que nos conoce, nos busca y da la vida por todos.

Entre las siete auto-definiciones que da Jesús, ésta es particularmente atractiva por las actitudes que Él vivió en este simbolismo. Nos conoce desde antes de nacer como lo afirma Jeremías, no solo por el nombre sino por la forma como quiere salvarnos a todos, en especial a las ovejas más necesitadas. Una de las imágenes más antiguas de Cristo del siglo II está en las catacumbas, es un joven pastor con una ovejita en sus hombros, rescatada con alegría, porque para Él hay más gozo en su encuentro que en las noventa y nueve que no se extraviaron.

Quiere que le conozcamos, para poder seguirlo y aquí está la tarea evangélica y su fruto de fidelidad. No se sigue sino a los que uno conoce a fondo por la voz, por la presencia y el amor. Qué emocionante es ver desde Jerusalén por las mañanas el desfile de grupos de ovejas con su pastor, que los llama para buscar los mejores pastos y el agua abundante.

Y Jesús dio la vida por todos. En su aprisco cabemos todos y no se pierde sino el que se deja guiar por falsos pastores. Ya el profeta Ezequiel describía en su tiempo a los falsos pastores de Israel que “No fortalecen las ovejas más débiles, ni cuidan de las enfermas, ni buscan a las descarriadas, sino que las dominan con violencia y dureza”.

Ya en su tiempo el Papa Pablo VI les insinuaba a los obispos italianos, el nuevo estilo Pastoral: EL SERVICIO POR EL AMOR “El amor debe ser transparente y la característica de la vida eclesiástica, la comunión que quiere decir contacto humano, directo, lleno de gravedad y bondad con la comunidad. Especialmente con la de los Sacerdotes. El pastor debe aparecer como padre, maestro, educador, corrector consolador, amigo y consejero, en una palabra: verdadero pastor. Esto no disminuye la autoridad, sino que los sitúa en el corazón de sus funciones. Y el corazón son nuestros sacerdotes; escuchadlos, informarlos, consultarles, exhortarles; he ahí las formas elementales pero fecundas de un verdadero diálogo. Preocuparse por ellos especialmente si son pobres, si están enfermos, si vacilan, si caen. Y permitid que os recomendemos especialmente al clero joven”. (SIERVOS DEL PUEBLO. Pablo VI. A los obispos italianos 6 de Dic de 1965).

Hoy el sacerdote debe caminar con su pueblo, escucharlo, guiarlo con amor, oír sus angustias, ayudar a su miseria y dar la vida lentamente en el servicio desinteresado a los pobres.

No debe hacerse cargo ni de Ancianatos, ni de albergues ni de guarderías porque esa es labor del Estado, dice el Papa Benedicto XVI en su Encíclica sobre “Dios es amor”, pero prestar ayuda generosa desde su oficio de pastor.

Compartimos con los padres de familia, con los maestros, con los políticos, con los líderes de acción comunal el mismo trabajo de servicio a la comunidad y en ese sentido todos somos pastores-guías del único pueblo de Dios, destinados a cumplir el encargo de llegar a ser como un solo rebaño bajo el cayado de Jesús como único Pastor.