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¿De dónde vienen los villancicos que cantamos en Navidad?

Dic 24, 2021

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DIARIO DEL HUILA, NAVIDAD

Por: Amaury Machado

¿Cuál es su villancico preferido? La época decembrina es el momento de entonar estos  tiernos cantos. Sin embargo, rara vez nos preguntamos por su origen. En esta edición les contamos cómo nacieron los villancicos que disfrutamos por estas fechas.

¿Alguna vez se han preguntado qué tiene que ver una burra cargada de chocolate o unos peces bebiendo en el río, con el nacimiento de un Dios? Pues parece que la respuesta es nada.

Los villancicos nacieron en el siglo XII y antes de cantar el Nacimiento de Jesús. Algunos historiadores creen que fue en Andalucía, España, donde un poeta ciego árabe dio forma a estos cantos, intercalando una estrofa en árabe con un estribillo en romance. Para el erudito historiador y filólogo español, Ramón Menéndez Pidal, fue en el siglo XII cuando sonaron por primera vez en el mundo. Los escribían gente del pueblo que vivían en las villas, y por eso se llamaron “villanescos” y después, “villancicos”. Fue el Marqués de Santillana el primero que usó el término, en un poema que les dedicó a sus tres hijas y que no hablaba de asuntos religiosos.

Los villancicos eran estrofas compuestas por las personas de clase humilde que vivían en las villas medievales, y lo hacían para distraerse en esas largas jornadas de trabajo, o en esos viajes eternos que tenían que hacer a pie cuando no existían los carros.

Hablaban del amor y el desamor, de los favores de una dama o de la ingratitud de un galán, de la nostalgia, la amistad y hasta de los refranes. Hay uno que dice: el tiempo todo lo cura, menos la vejez y la locura. Pero sobre todo hablaban de cosas medio pícaras que los hicieran reír, la infidelidad, amores escondidos y cosas de doble sentido.

Estos poemas o composiciones vocales inspiradas en textos de temática rural no siempre iban acompañadas de instrumentos. Tuvieron un gran éxito y fueron musicalizados por grandes compositores del momento, como el músico y poeta Juan del Encina, el compositor renacentista Mateo Flecha o el compositor y organista Gaspar Fernández, entre otros. Los villancicos constituían uno de los tres principales géneros de la lírica española popular, junto con las cantigas y las jarchas mozárabes. Al final, una parte muy representativa de los villancicos renacentistas pasó a ser recogida en manuscritos y volúmenes antológicos conocidos como Cancioneros.

Los villancicos eran composiciones vocales inspiradas en textos de temática rural y que no siempre iban acompañadas de instrumentos.

Uno de estos es el llamado Cancionero de Uppsala fechado en 1492 en España. Otro villancico simpático e igual de desesperado de aquel entonces: “No me las amuestres más/ que me matarás./ Son tan lindas y tan bellas/ Que a todos matas con ellas;/ Y aunque yo muero por ellas,/ No me las amuestres más,/Que me matarás:”; ninguna glosa nos hace saber si la destinataria del poema, después de eso, se cerró o no la camisa. Al pueblo le gustaban estas composiciones y se hicieron populares por toda España.

¿Cuándo los villancicos se volvieron canciones navideñas?

El éxito de estos cantares fue enorme. Hasta el punto de atraer la atención de la Iglesia, que se inventó la forma de tomar fragmentos de esas canciones populares que les gustaban a todos y mezclarlos con temas religiosos. Catedrales, capillas, monasterios… todos comenzaron a encargar villancicos con que animar sus festividades más populares, sobre todo la de Nochebuena, y cambiaron los cantos gregorianos en latín, como era la manera en que se hacía toda la misa, por esta especie de coplas españolas.

Es así como canciones que hablaban de mujeres jóvenes haciendo la lista y poniéndole puntaje a sus amantes, terminaron siendo cantos sobre la virgen María. En el libro llamado ‘El gran libro de los villancicos’, de la escritora española Silvia Iriso, cuenta como Fray Ambrosio Montesino, un fraile que era poeta y traductor en 1508, tomó una canción que decía: “Cántese al son de la zorrilla con el gallo”, y lo encajó en un texto que decía: “Al tono de aquel pastorcito, madre santa”.

Iriso cuenta en su libro que la iglesia vio en el villancico una fórmula perfecta para difundir y propagar su mensaje. Además de componer algunos villancicos inspirados en la figura de Jesucristo o de la Virgen, se extendió también el recurso de sustituir la letra profana por una sagrada con la indicación de «cántese al son de» o «al tono de», seguido del título de algún famoso villancico de la época. El éxito de esta nueva modalidad llevó a la jerarquía eclesiástica a oficializarla y a permitir que los villancicos de temática religiosa se fueran interpretando poco a poco en las iglesias como parte de la liturgia.

A nosotros los villancicos navideños nos llegaron por línea directa con la cultura española, que nos trajo el catolicismo a América. De ahí que la letra muchas veces tenga poco que ver con nuestra cultura, y hable por ejemplo de requesón, manteca y vino, o que digan zagalillos en vez de muchachos. El colorido Anton Tiruriruriru sale de una canción española que se llama “La Pastora Caterina”, que es una pastora que va con sus ovejas y les canta anton Tiruriruriru ´para llamarlas. Como sea, siempre que llegan las novenas hay que alistar maracas y las panderetas para entonar los villancicos y llenarnos del espíritu navideño, así sea una vez al año.

Enormemente popular

Durante el Siglo de Oro el villancico fue enormemente popular y los grandes maestros de la lengua española lo escribieron cada vez que pudieron: Teresa de Ávila, Lope de Vega, Luis de Góngora, y una vez que cruzó el océano, la gran Sor Juana Inés de la Cruz. Se publicaron cancioneros sólo de villancicos y gran parte de la popularidad se debió a los monjes franciscanos y las hermanas clarisas que los llevaban y traían por sus conventos e iglesias y que, tras armar los pesebres vivientes, ponían a cantar a los participantes.

Pero no todas son peras en el árbol del amor y de pronto el rey Felipe II, en 1596, prohibió que volvieran a sonar los villancicos en la Capilla Real y por todo Madrid. Consideraba que la composición de estas estrofas interferían con la composición de música litúrgica en latín, que, seamos sensatos y primero lo primero, el latín era la lengua de los ángeles. No fue la única vez que estuvieron prohibidos, ni fue la única vez que un potentado manifestó tener el corazón dos talles encogido: también Olivier Cromwell los hizo erradicar de la corte de Inglaterra. Promovió la ley en 1644 y en 1647 encontró su aprobación: era una costumbre papista y en la que además se gastaba muchísimo dinero, mejor dejarla. Y así se hizo.

El villancico más conocido y que todo el mundo ha cantado al menos una vez en su vida es Stille nacht, heilige nacht, nombre original de Noche de paz, un villancico que ya se ha traducido a 330 idiomas.

El villancico, como todas las manifestaciones populares, volvió recargado. En el Siglo XVII el padre Soler escribió el célebre “Mira cómo beben los peces en el río” que hasta Bart Simpson canta.

El padre Joseph Mohr, una noche de 1818 salió de su parroquia en Obendorf, Austria, a bendecir un bebé, y se sintió tan emocionado por la piedad de la familia que visitó, que al volver se sentó y redactó lo que hoy conocemos como Stille Naicht o Noche de paz. F.X. Gruber le puso la música.

A partir de aquí, el villancico mutó su forma musical. Por un lado, interesó a los músicos clásicos como Félix Mendelssohn y Gustav Holst, quienes escribieron canciones de Navidad. Y por otro, el villancico se reinventó en la canción popular que llega hasta nuestros días.  Irving Berlin, un músico judío americano, creó en 1940 la canción navideña más recordada y cantada: White Christmas. La leyenda cuenta que él estaba ese diciembre alojado en un hotel en Phoenix, Arizona, y extrañaba el frío navideño de Nueva York. La versión fue grabada al año siguiente por Bing Crosby y es el simple más vendido de todos los tiempos.

Berlin marcó un camino y desde entonces, no hubo gran compositor o cantante, desde José Alfredo Jiménez y Elvis Presley a Luis Miguel y Michael Bublé que se salteara el motivo navideño en su repertorio. Las hay de todos los géneros: mariachi, bolero, pop, jazz, cumbia, gospel, folk de Estados Unidos, y tango, por supuesto, aunque aquí, con ánimo de triste recuerdo. Según el portal Tango City, en 1931, el pianista Fioravanti Di Cicco compuso el tango Navidad que grabó y estrenó Francisco Canaro y su orquesta. Otros tangos navideños fueron Brindis para navidad a finales de los años cincuenta, y el más famoso de ellos, el de Osvaldo Pugliese con letra de Eduardo Moreno, de nombre Navidad. También, el alma vernácula compuso dos valses para las fechas Feliz Navidad que grabó Juan D’Arienzo en 1958 y Feliz Nochebuena en 1944.

El músico y compositor Sergio Perroti opinó sobre el futuro del villancico y la canción navideña: “Quizá vaya mutando, cambiando alguna base rítmica, algún instrumento o sonidos que se estén escuchando en el momento por nuevos sonidos descubiertos, pero creo que nunca debería perder el espíritu que es su esencia, más allá de las transformaciones que pueda tener, siempre nos debería transmitir las mismas emociones.”

De esta manera la «fiebre» del villancico, cada vez más colorido y espectacular, constituyó a la vez su ocaso, en la segunda mitad del Setecientos. Su particular renacer llegó con el siglo XX, cuando su nombre se asoció a la composición celebrativa de la Navidad que conocemos en la actualidad. Y así seguimos hoy cantando, con estribillo y coplas, en la estela de una rica tradición, intrínsecamente castellana.

Los villancicos son parte de nuestra historia y, aunque a veces a algunos les puedan resultar repetitivos y simples, forman parte de una antigua tradición cultural. No dejemos que caigan en el olvido.

Autor: WebMasterDH

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