Diario del Huila

La castración, la castidad y el castigo en la María

Feb 19, 2022

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DIARIO DEL HUILA, LITERATURA

Por: Juan Camilo García

El analista Juan Camilo García Bernal descubre nuevos elementos de análisis en la emblemática novela La Maria de Jorge Isaac; asegura que la novela tiene inmersos tres elementos claves que sirven para entender y dar nuevas interpretaciones a esta obra literaria.

María de Jorge Isaac funda, de algún modo, el imaginario colectivo del amor en Colombia. Fundó un modo de amar, y a pesar de no ser la primera novela romántica, es sin duda una de las obras esenciales de nuestro marco cultural. En la reescritura del amor que hace Isaac se erigen algunos de los modos de ser que vendrán a posteriori, y que construyen la realidad y la ficción del país. ¿Qué novela colombiana no hace parte de esa tradición fundante? (Sería interesante buscar lo marginal de nuestra tradición)

Ahora bien, así como lo han llevado a cabo la sociología, la literatura, la historia, la lingüística y la religión (para lo cual María es fundamental en la construcción cultural de Colombia) también se podrían intentar algunas hipótesis sobre la psicología social de los colombianos a partir de María. Agregar pólvora a la llama intensa de los sujetos trágicos de la literatura que tan atractivos son para el psicoanálisis. (Ideas que no se desarrollarán a profundidad en este ensayo, pero que bien pueden ser un punto de partida para futuras interpretaciones de nuestros modos de ser y nuestros modos de amar)

Para iniciar esta hipótesis un análisis de la psicología de los personajes (especialmente del narrador) podría ayudarnos a arrojar luz sobre la compleja tensión que existe entre la tradición religiosa y el romanticismo, lo que significa plantear una discusión entre los tabúes de la sexualidad (impuesta por el catolicismo) en oposición a la búsqueda de equilibrio psíquico y liberación del complejo edípico. En otras palabras, la libertad de la imaginación individual en contra del dogma religioso; la liberación del deseo sexual y natural de los sujetos (Efraín y María), en oposición al castigo y vigilancia extrema de la tradición religiosa que censura y sofoca la libre sexualidad en sus orígenes.

En principio, para realizar este diagnóstico gratuito de psicoanálisis literario, es preciso situar al personaje y narrador, Efraín, en el medio de varias tensiones narrativas. La primera de ellas es la libertad que propone el romanticismo: es decir, la posibilidad del sujeto para crear, imaginar, sentir y construir una subjetividad libre en contraposición a las tradiciones, entre ellas, del catolicismo. El ejemplo es el pasaje dónde Efraín, luego de haber leído a Chateaubriand para sus hermanas, concluye con esta frase: «Era tan bella como la creación del poeta, y yo la amaba con el amor que él imaginó».

La cita anterior condensa, por una parte, el inicio de la tradición de la novela colombiana: estamos fundados en una tradición reescrita tardíamente: Isaac reescribe la Atala de Chateaubriand. Y por otra parte que dicha tradición (el romanticismo) brinda la posibilidad al sujeto de ser libre en la búsqueda de sus sentimientos. De este modo, María, sería la interpretación, no de una virgen católica, sino del sujeto (en este caso Efraín) y de su visión del amor, de su pulsión. Con un atenuante: María, antes que una realidad próxima y carnal, es un efecto de la ficción. Por lo tanto, se podría decir que el personaje se aleja de la tradición católica y del estereotipo del amor virginal, para dar paso a una creación de carácter autónomo e individual, que tiene como elemento fundacional la ficción. Esta idea romántica de una subjetividad pura es la contrapartida de la tradición católica. En resumen, el marco de la tensión narrativa de la novela sería entonces: la palabra individual enfrentada con la palabra de Dios. O de modo textual la biblia en contraposición a la novela.

De la tensión narrativa general se deriva el foco esencial de este ensayo: el psicoanálisis. Porque el eje central de la novela es la sexualidad de los personajes. De seguro esta lectura traerá consigo ciertas resistencias, porque intenta desmitificar uno de los dogmas del catolicismo: la Inmaculada Concepción, y pone en juego la virginidad como refugio de la pureza, y otros tantos que de alguna manera censuran la sexualidad humana. La iglesia católica está plagada de estas contradicciones.

La finalidad de este ensayo es plantear una nueva lectura. María no ha sido leída de este modo porque: ¿cómo se vería un maestro descubriendo (si posee las capacidades, y además formado en esta misma tradición católica) la perversa sexualidad de los personajes (y por ende de nosotros mismos) en un país que se profesa laico, pero que está institucionalizado por la religión católica? Por lo tanto, para tranquilidad del puritanismo y de la tradición, lo mejor fue siempre una lectura de la virtud de dos amantes idílicos y acomplejados (un sacerdote irredento y una virgen epiléptica) sin interpretaciones de tipo sexual. Alimentar la censura y el tabú, sumado al canon –que es la muerte de las obras–, terminó por agotar la complejidad simbólica de la novela de Isaac.

Ahora bien, al contrario de esta lectura canónica e institucional, María debería leerse como una crítica sobre las tensiones que se desarrollan entre la liberación del sujeto sexual freudiano, frente a la castración ideológica del dogma católico. Ese es su núcleo y desde allí se pone en funcionamiento su fuerza narrativa y la excitación que produce en los lectores.

Es preciso citar la primera cuestión clave para este análisis: el comienzo de la novela. «Era yo un niño aun cuando me alejaron de la casa paterna…» Este distanciamiento crea el primer trauma. El inicio de la novela remite a la niñez del personaje, al lugar donde se construyen las primeras subjetividades y donde ciertas cuestiones quedan idealizadas, y que en épocas posteriores pueden traer consigo complejos según la psicología. En este marco de idealización y de nostalgia, Efraín construye su primera idea del amor: María. Un amor perdido que el héroe tendrá que buscar en sus propios recuerdos, a pesar de ser los más perversos.

El niño (Efraín), en un ambiente lacrimoso, se lleva de María una imagen bajo el marco floral del aposento de su madre. Un recuerdo del amor. Esta es la segunda clave: existe un cruce entre el amor maternal, el símbolo católico de la virgen María y el recuerdo del amor como primera pulsión sexual. María es la representación simbólica de la madre de todos los hombres en el catolicismo.

En consecuencia, es inevitable pensar que Efraín, de manera simbólica, está enamorado de su madre. Sufre del complejo de Edipo. Efraín queda fijado en este recuerdo y toda la novela no será más que el intento irrealizable por volver a este lugar (el primer recuerdo del amor): «A mi regreso, que hice lentamente, la imagen de María volvió a asirse a mi memoria. Aquellas soledades, sus bosques silenciosos, sus flores, sus aves y sus aguas, ¿por qué me hablaban de ella? ¿Qué había allí de María?» […] delirio delicioso… inspiración del cielo… ¡María! ¡María!» Efraín, a través de la ardua lucha por concretar su amor con María, alegoriza el perverso y angustiante periplo de quien sufre por un amor prohibido, edípico. Uno de los más trágicos en la historia de la literatura.

Una breve explicación de la teoría freudiana es necesaria para explicar la hipótesis anterior. En la primera infancia, cuando el niño desarrolla sus facultades psíquicas, la sexualidad, según Freud, se caracteriza por tres zonas erógenas: la boca, el ano y los genitales. La madre es quién normalmente estimula esas zonas en el niño. Le da afecto y por lo tanto despierta su libido. El resultado de estas primeras estimulaciones es el enamoramiento hacia la madre. Normalmente esto queda sedimentado en lo más profundo de su inconsciente (la prehistoria) y es superado a posteriori. Sin embargo, no es así, suponemos, en la psicología de Efraín. Insistimos: está enamorado de María. Ella encarna, como se mencionó, a la madre de Dios y los hombres, pero también representa la fuente de su deseo sexual. Para la psiquis representan lo mismo.

En esencia se podría interpretar que en la psicologia de Efraín hay una lucha entre el cumplimiento del placer y la cruda verdad de un incesto simbólico que es sofocado por la tradición católica. Claro está, desarrollado en un estado inconsciente e infantil que hace que la tragedia de este enamoramiento no sea explícita. El carácter simbólico de la novela juega todo el tiempo con esta tragedia y es posible hacer un rastreo de los símbolos paternales en la decisión del destino que de algún modo haría las veces del oráculo de Delfos para la tragedia de Edipo. Se cambia la religión por el oráculo.

El motor narrativo es el amor incestuoso (inconsciente) y Efraín no entiende el carácter aberrante de su búsqueda porque como Edipo, ha olvidado. Es el héroe que no entiende las tramas ocultas y olvidadas del destino que se le ha dado. Su contradicción está anclada en el olvido del primer amor (el maternal) y su naturaleza humana. Allí se juega el impulso inconsciente que lo lleva a desear algo prohibido, y al igual que con la tragedia griega de Sófocles, el inexorable cumplimiento de su destino es la muerte de María. Es el castigo por rebelarse ante la autoridad de los dioses.

La tragedia de Efraín es el olvido y la inocencia de quien se enamora por naturaleza. Efraín es el héroe que construye, delirante de amor, un espacio de resistencia contra la autoridad del sentido único, ante el sofocante peso de la censura católica, a pesar del carácter de su pulsión horrenda. Efraín es un especie de sacerdote rebelde, un intelectual, (dicha condición le permite reflexionar sobre las injusticias de su destino) que se debate entre la prehistoria de su infancia (su naturaleza primaria) y el artificio tiránico del catolicismo que evade, esta vez sanamente, la trágica perversión de su primer amor.

Por otra parte, María es una sinécdoque del amor religioso. María es el modelo ético y ese es el marco que elige Isaac para intentar reescribir una tradición. Como todo buen narrador hace del tabú de sexualidad una alegoría religiosa y la lleva a la ficción para simbolizar ciertos deseos que no podrían ser explicitados en un texto ensayístico para su época (Además porque sin duda fue una escritura inconsciente. Fue un texto que liberó la trama de su psicología). Eso hace de la novela un mundo rico en simbolismo y también una crítica que narra la imposibilidad del libre desarrollo de la sexualidad de ambos personajes. Efraín y María están impedidos de antemano para el coito, y la represión de la sexualidad, sabemos, trae siempre un alto costo. Isaac define el espacio de la tensión reescribiendo el amor. Aludiendo a la verdad del amor y a su naturaleza sexual.

La muestra más clara de ello es la sinestesia que marca el ritmo narrativo a través de los sentidos: auditivo, visual, gustativo, olfativo y táctil. En ellos se encarna la metáfora de la libido del personaje que ve en la interpretación subjetiva una serie de asociaciones de carácter excitante y liberadoras del deseo que encarna María: las flores, los relatos enmarcados, el naturalismo, las miradas, son una compleja red de alegorías que aluden y encubren el descabellado recuerdo prehistórico e infantil del primer amor. Las luces del pasado envían destellos epifánicos de aquel momento único entre la madre y el hijo. Traumas que chocan con el mito católico.

El duelo y el desamor son las consecuencias del amor irrealizable. En el lugar de la calma artificiosa que trae el amor virginal, la tormenta aberrante y epiléptica, la alternativa de un desvío onírico y freudiano. María narra las posibilidades del horror del incesto maternal. María como los grandes textos de la literatura lo imagina, lo alegoriza y lo ficcionaria.

Finalmente, la novela necesita un escape ante la sofocante angustia, necesita abrir la puerta del cumplimiento. Ante la castración simbólica que representa los cabellos cortados del niño al momento de su obligado abandono de la casa, lo onírico es un mecanismo que permite la liberación del deseo insatisfecho.

La novela está llena de estos pasajes que permiten a Efraín concretar sus pulsiones. Asimismo, los relatos enmarcados son una metáfora de los sueños. Esos relatos de la valentía del cazador, de las fiestas de casamiento y de la separación de los amores esclavos, son la realización de los deseos que propone simbólicamente la novela. Lo onírico es un punto de fuga y de emancipación. Efraín se remite a la imaginación y al sueño de noche en su habitación. En esas dos alternativas están sus refugios. En ese lugar desplazado se concretan sus deseos sexuales. En el olvido Efraín y María (la madre de Dios) fueron dos amantes que en la realidad no se pueden amar. A no ser que tengan el destino de Edipo. Y creo que con él basta.

Juan Camilo García, analista literario.

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