Por Julio Bahamon Vanegas

Los cristianos tenemos desde hace algo más de 2.000 años como referente de nuestra fe el sermón que predico Jesús a sus discípulos, según la tradición en una ladera, como nos lo relata el evangelista Mateo, en cuyo contenido los exhorta a cumplir una serie de enseñanzas que nos sirven para comprender las reglas mínimas que todo buen cristiano debe poner en práctica para vivir, pensar, actuar, hablar y a adorar a Cristo como hijo de Dios. La pregunta que los invito a que nos la formulemos interiormente es la siguiente: ¿En algún momento de nuestras vidas hemos puesto en práctica las enseñanzas recibidas desde entonces de viva voz del Mesías? Las 8 Bienaventuranzas nos invitan a desarrollar el carácter que Dios desea ver en nosotros. La divulgación de estas hace parte del papel que deben cumplir, pienso yo, los Vicarios de Jesús en la tierra, los Papas. Lo pude ver así en el reciente documento que fue leído por el sumo pontífice Francisco días antes de la navidad dirigido a la curia romana. Al comienzo de su saludo de navidad nos recuerda la frase de la filósofa hebrea Hanna Arendt quien afirmo “Los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar”. Hoy para fortuna de todos los creyentes y no creyentes tenemos al frente de la fe cristiana a Francisco que sin atajos nos ha dicho que, “no hay un Dios católico, existe Dios. Cada uno tiene su idea del bien y del mal y debe elegir el bien y combatir el mal, según su concepción. Con esto bastaría para mejorar el mundo”. Sin embargo, en su saludo a la curia nos evoca que esta navidad fue signada por la pandemia, la crisis sanitaria, la crisis socio económica e inclusive la crisis eclesial que ha lacerado a millones de personas convirtiéndose en una realidad para el mundo entero. Antes de conocer a fondo lo que sería esta grave situación provocada por el covid-19, su excelencia predijo al hablar de La Tempestad, palabra con la que preciso la amenaza a la humanidad, como esta fue desenmascarada y dejo ver su vulnerabilidad, tumbo las máscaras, los egos, las apariencias y nos mostró la pertenencia de la que no queremos despojarnos, es decir, la hermandad a través de la Fraternidad y Amistad Social que debe acompañarnos siempre. Contrasta la realidad que estamos viviendo con el pensamiento que sobre la economía mundial tiene Francisco quien ha expresado que, sin desconocer los avances de la economía global  se puede llegar a la conclusión de que por la ley de oferta y demanda, la ley del más fuerte se manifiesta y lo que podemos ver es que el más fuerte termina comiéndose al más débil, con lo cual se ha venido creando la cultura del descarte, con la que al excluido, o desvalido le dan un tratamiento de desecho  o de sobrantes cediendo el paso a la globalización de la indiferencia. Esa cruda realidad universal, sin correctivos a primera vista, saca del campo de juego a buena parte de las enseñanzas que recibimos del propio Jesús en el sermón de la montaña pues advertimos que sus 8 bienaventuranzas se refieren a hombres y mujeres sin esperanza, y que la modernidad de la nueva globalización de la indiferencia los arroja la más profunda oscuridad que define su santidad el Papa Francisco en su encíclica Fraternidad para Todos, de amistad social. Lamentablemente no hemos sido capaces de reflexionar alrededor de la historia y por eso mismo correremos el riesgo que se repita.