Por Gerardo Aldana García

Robert Louis Stevenson, legó al mundo literario el best seller, denominado: El Extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde. Una obra maestra que retrata de forma amena y expectante, página por página, el momento en que dos hombres con características muy diferentes, terminan coincidiendo en el mismo espacio: uno, prominente médico y el otro, oscuro habitante de las calles en donde materializa sus nefastos pensamientos. Stevenson legitima el hecho insoslayable de la existencia de al menos dos rasgos de una personalidad, capaces de cohabitar en un mismo cuerpo, en una misma mente. Es una obra conceptual sobre cómo un ser humano puede asumir de un momento a otro, una posición de pensamiento, un actuar, al que jura lealtad y convicción, para luego glorificar emociones y procederes del todo contrarios a tal predicado. Pero el autor da pábulo para llegar mucho más allá de la plural individualidad del ser humano desde su íntimo sentir, hasta llevarlo a la esfera de la vida en sociedad y explicar diversas y fluctuantes formas de comportarse la colectividad, como sumatoria del individuo. En esta perspectiva, la sociedad es un compuesto que multiplica de forma exponencial matices comportamentales individuales, una elongación de indeterminadas personalidades.

De esta forma podemos pensar que personas de la sociedad colombiana que tienen un comportamiento indisciplinado a la hora de abordar un bus de servicio público o seguir los turnos para acceder al servicio bancario, de salud o educación, capaz de saltarse el orden establecido, olvidándose de los derechos de los demás, puede también resultar ser el más ejemplar ciudadano si, en idénticas tareas, se le ubica en un país con normas, como, por ejemplo, Estados Unidos, Viena o Francia. Un hijo mal criado, que insulta a sus padres y vecinos, una vez es dejado por cuenta de un esquema como el utilizado por el Ejército Nacional, cambia rápidamente su comportamiento, y poco a poco su forma de sentir. Por supuesto que estamos al frente, probablemente, de un factor exógeno que influye al ciudadano, la disciplina. En todo caso, desde el interior de la persona, emergen emociones y luego acciones, que proceden de una misma personalidad múltiple.

Desde otra perspectiva, la obra de Stevenson nos lleva a identificar rasgos dentro del hombre, como, por ejemplo, el del político deshonesto que ante las multitudes rasga sus vestiduras frente a la corrupción mientras que en privado exige las coimas por el trámite de actos legislativos o exoneración de responsabilidad a terceros. Idéntica paradoja juega para el sacerdote, pastor o guía espiritual que, bajo su sotana, justo mientras entrega el cuerpo de cristo, esconde el delito de su depravación sexual o la ambición para ensanchar su fortuna personal. Y no se diga del Juez que, sin mediar rubor alguno, exige un sórdido pago anticipado del fallo que ha de producir, en medio de un discurso de transparencia y rectitud de la justicia.

En fin, cada ser humano esconde una legión de Hyde y otra de Jekill, que lo hacen impredecible, y por ello, imposible de imaginar los alcances, buenos o malos, de la humanidad en sociedad.