Diario del Huila, Crónica

Por: Hernán Guillermo Galindo M

Aprendió la cerrajería viendo y preguntando. Lleva en el oficio más de 30 años del que está agradecido porque le ha servido para vivir y tener familia.

La figura del cerrajero ha evolucionado en gran medida a lo largo de los últimos años, mejorando y adaptando las habilidades que requiere la profesión para satisfacer una demanda cada vez más variada y en un mercado muy competitivo.

Por esta razón, el cerrajero se ha convertido en el ‘artesano’ predilecto e indispensable a quien acudir para dar solución a cualquier problema relacionado con la reparación y mantenimiento de cerraduras, candados, cerrojos y cilindros, tanto de puertas comunes como de vehículos.

Oficio de cerrajero

Es el caso de Campo Elías Latorre quien con 51 años atiende todo tipo de retos en su oficio en un local en Neiva, en el Centro Comercial Los Comuneros, según cuenta a Diario del Huila, convencido de que puede trabajar con todos los sistemas de cerraduras y cierres conocidos, aunque hay algunas que obligan cierto grado de especialización por la dificultad “aumentada por la protección de los bienes y personas resguardadas”.

Nació en Neiva en una familia de clase media, en el barrio José Eustasio Rivera. Se dedicó a la cerrajería tan pronto terminó bachillerato nocturno en el colegio La Presentación, empujado porque el papá, también Campo Elías, murió cuando él era un niño. La mamá, Virginia Barón, se hizo cargo de la casa y las obligaciones.

No recuerda haber laborado en la vida en algo distinto pues su hermano Daniel lo convenció de dedicarse a este oficio desde joven.

“Compramos la maquinaria, herramientas y los muebles mínimos necesarios. Comenzamos en el antiguo Pasaje Camacho y ya llevamos 30 años en la faena”, dice, con tranquilidad.

El aprendizaje fue de persona a persona, casi que empírico. Le tocó pagar a otro cerrajero que le enseñara el oficio de lidiar con los elementos de seguridad.

“En Neiva no hay escuelas especializadas en donde se pueda aprender y tomar la destreza para realizar esta labor, que es de paciencia y cuidado. Lo demás lo entrega la experiencia. Con el tiempo uno va aprendiendo y perfeccionando el trabajo”, explica, mientras toma en las manos un picaporte.

Al principio les iba mejor que actualmente, medio se queja. Sin embargo, no va más allá pues agradece que por los años en la tarea ya mucha gente los conoce, los ocupan o recomiendan a nueva clientela “por la seriedad, responsabilidad y cumplimiento que ofrecemos”.

El puesto lo abren diariamente a las ocho de la mañana y trabajan en jornada continua. Atienden especialmente el servicio de duplicado de llaves, venta de cerraduras, candados, chapas de seguridad.

Otros servicios que prestan son afilar tijeras, cuchillos, se arreglan y venden repuestos para licuadoras. Tenemos toda clase de labores pues hay que diversificar y no dejar ir la clientela, señala.

“En estos tiempos, lo que más se solicita son los domicilios. Mientras mi hermano queda a cargo me desplazo a hacer cambio de guardas, hacer llaves porque las votaron, abrir una puerta o colocar una chapa de seguridad, un pasador, en fin, lo que necesite el cliente”, comenta.

Anécdotas

Como experto en abrir puertas de lo que más se cuida es de no meterse en problemas o malos entendidos por hacer lo que no está autorizado o es parte de un lío.

“Hay casos delicados en los que se debe tener especial cuidado y atención para no implicarse en temas hasta judiciales. En eso soy muy precavido. Pregunto, averiguo y voy a la fija en el trabajo que se me encomienda”, expresa.

Por eso, en el anecdotario son muchas las historias que ha visto y vivido. Como el caso en que le piden cambiar las guardas de la puerta de una casa porque los hijos quieren quitarles el inmueble a los papás o lo contrario, padres que quieren evitar que los hijos ingresen a la vivienda o propiedad.

“También es frecuente la situación en que arrendatarios quieren sacar los inquilinos a la fuerza. De todo eso me cuido, por eso, atiendo en ese tipo de pedidos sólo a clientes conocidos”, destaca, con seriedad.

También recuerda una experiencia que le quedó grabada. El llamado para abrir la cerradura de un baño de una jueza, quien por seguridad se encerró, pero era de tal el blindaje de la chapa que ni los escoltas la pudieron abrir a punta de culata o barras de acero.

“Nos tocó acudir a una sierra para tumbar el marco de la puerta. Después de una hora logramos sacar a la señora que estaba a punto de desmayarse encerrada en lo que era un verdadero bunker”, cuenta, riendo.

Campo Elías, ¿se puede vivir de este oficio? Es como todo. Hay gente que vende dulces y tiene casa y carro. Todo es la dedicación y disciplina que se le ponga al trabajo, responde.

Y se declara católico, dedicado a su familia, con dos hijos, con el orgullo de estar próximos a ser profesionales, mientras vive con la esposa que es manicurista.

Labora en compañía de su hermano Daniel que lo motivó a dedicarse a este oficio.