DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

En Neiva, igual que en cualquier ciudad o pueblo de Colombia, los puestos de empanadas proliferan en las esquinas de un parque, al lado de las iglesias o en lugares de afluencia popular. “Es un alimento callejero, fácil de encontrar. Es una comida rápida, que, con un líquido cualquiera, lo llena a uno, que va de afán”, afirma, con amplia sonrisa, Betuel Ortiz.

“Empanadas bien sabrosas; para las buenas mozas. Empanadas bien calientes
para todos los valientes”, canta con la alegría del nuevo día.

Lo encontramos, junto a otros clientes mañaneros, en el barrio Quirinal de Neiva, en la carrera 7 con calle 17, en el puesto de comida de Ademir Macías, una mujer de unos 50 años de edad, que se dedica a vender empanadas y pasteles, que se acompañan con un vaso de guarapo o de avena, que también ella misma prepara.

Aunque es de pocas palabras, nos cuenta que nació en San Andrés, Tello, en donde sus padres se dedicaban a las labores del campo. Su niñez transcurrió en medio de vacas y la parcela de sus progenitores en las que acompañaban las labores con los juegos de niños. “Se pasaba bueno en medio de las dificultades”, recuerda con nostalgia, mientras saca parte del producto de una amplia paila con aceite hirviendo.

Desde muy niña conoció las empanadas y los pasteles, “en los bazares y fiestas tradicionales del pueblo”, allí aprendió a saborearlas, a prepararlas, “viendo”, sin imaginar que hoy en día serían su sustento y el de su familia.

Aunque el origen de la empanada no está precisado con exactitud, se sabe que procede del contraste de técnicas culinarias tradicionales con ingredientes propios de cada cultura, y hace parte de lo que conocemos, hoy, con elegancia pretensiosa, como la ‘cocina fusión’.

Cuenta su historia de vida a Diario del Huila

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Negocio de 20 años en Neiva

Siendo joven, Ademir se trasladó a Neiva en donde conoció a Alfredo Fernández, se enamoraron y se casaron hace 25 años. Tienen cuatro hijos que han levantado a punta de guarapo, empanadas y pasteles. “Mi esposo tiene ‘otro punto de venta’ a dos cuadras. Nos ayudamos en lo que podemos”, afirma, sin mirarnos, concentrada en hacer más empanadas, que es lo que más vende.

Sobre sus hijos también es muy parca, se reservó los nombres. Sólo contó que son dos hombres y dos mujeres y se dedican a trabajar y a estudiar, en lo que pueden. “La menor terminó el bachillerato y no está haciendo nada”, se queja, antes de atender a una pareja.

A este negocio de la economía informal la pareja de dedica hace 20 años. La jornada de trabajo inicia a las cinco de la mañana. Deben trasladarse desde el barrio el Limonar, en el sur de la ciudad, para alistar los productos, cargando con ollas, baldes, termos, la estufa y el ‘stand’.

“Un día bueno se venden de 20, 30 0 hasta 40 guarapos, más empanadas o pasteles, depende”. Los pasteles son a $1500, el guarapo o la avena a $1.000 y también se ofrece el combo, vaso de avena o guarapo acompañado de empanada, a $2000 pesos.

Llega un médico que trabaja en una de los consultorios cercano, la saluda con confianza evidente y pide guarapo y pastel, que consume con gusto. Es una tradición de todos los días para muchas personas que visitan la zona comercial, llena de centros de salud, pacientes y acompañantes. “Es muy buena para trabajar”, señala Ademir.

Comida criolla

Esta receta, base de la economía de las clases medias-bajas, también representa una forma de construcción del territorio en todas las regiones de Colombia. Quién no recuerda las empanadas bailables en el colegio, o las empanadas en la parroquia del barrio y las que hacen cada ocho días las juntas de acción comunal con las que muchas casas, canchas y obras comunitarias se construyeron a través de la venta ambulante, destaca Francisco Peña, un abogado que se interesa en la charla y aporta.

“Hace algún tiempo se acuñó la frase en el pueblo: el templo fue hecho con el esfuerzo de los hombres y el sudor de las señoras de las empanadas”, afirma, mientras engulle el último pedazo de la suya.

“Empanaditas calientes, para criollos valientes, de masa bien hojaldrada, de arroz, papa, con carne o bien aseaditas, sin nada de carne ni pollo. ¡A las empanadaaaas, hay que pegarle!”, nos acordamos de Betuel, antes de despedirnos de Ademir.