La comunidad extraña el ‘policía de barrio’, con credibilidad, respetado y sintonizado con los vecinos. Sin embargo, actualmente la policía hace un gran esfuerzo por volver a ganarse la confianza de la comunidad, así se podrá restablecer la vida social armónica y la paz en la ciudad.

DIARIO DEL HUILA, COMUNIDAD

Por: Hernán Galindo

Fotos: Policía Metropolitana de Neiva

Hubo un tiempo en que los niños soñaban con ser policías. El papá le preguntaba al hijo: “Pedrito, qué quieres ser cuando sean grande”. Policía, papi, respondía, con emoción y sin pensarlo dos veces, en ocasiones con un saludo en la frente.

Al infante le atraía el uniforme, la pompa, la autoridad y el respeto que infundía en la ciudadanía el policía del barrio, que cumplía una labor más comunitaria que de represión.

“Era una época en que policía era ser alguien con prestigio, con autoridad, con reconocimiento, con credibilidad, con buen juicio, una persona apreciada por la gente”, recuerda Julio Charry, un hombre mayor sentado en una banca del Parque Santander.

“El policía que estaba en la esquina, que patrullaba con su bolillo las calles, que ayudaba a los vecinos en las casas y solía ser un referente social”, señala Fernán Troilo, sentado al lado.

Los dos hombres se trasladan con nostalgia a esos buenos tiempos a propósito de lo que sucede en la actualidad con el paro nacional con el fondo negro de uniformados atacados por civiles, y policías que reaccionan.

“No se sabe hoy quiénes son las víctimas y quiénes los victimarios. No hay respeto de las partes”, coinciden los dos pensionados de la desaparecida Telecom.

El uniformado de antaño

Preguntamos del tema a Luis Torres, adulto mayor, qué le resuena en la memoria cómo eran las cosas antes, cuando la juventud no estaba tan descarriada, dice.

“Las señoras acudían al policía cuando querían que el ‘guambito’ no torciera el camino; cuando no quería hacer caso. Lo amenazaban con llamarlo para corregirlo o que se lo llevara. Y santo remedio”.

Estaban las muchachas que se paseaban orgullosas por la calle del brazo del joven policía sin temor a que atrevidos las molestaran, las acosaran más allá del piropo.

“La ilusión de muchas de nosotras era tener un novio policía. Por el porte, el comportamiento, se veían lindos en sus uniformes. La gente los quería, los respetaba y acataba”, afirma Sofía Morales, propietaria de un almacén de variedades, que, curiosamente, tiene un hijo en el Ejército.

“Eran de gran ayuda para las personas que madrugaban a salir de sus casas al trabajo, para los jóvenes que llegaban en la tarde-noche de estudiar o jugar, a veces en la oscuridad. Sabían que no les pasaría nada porque siempre estaba allí un policía, de rutina, dándole vueltas a un bolillo”, cuenta Filemón Tarso.

En las escuelas enseñaban sobre “los servidores públicos”: el policía, el bombero, los miembros de la Cruz Roja… y la comunidad confiaba en esas figuras que estaban revestidas de cierta aura de bondad y poder, que les daba confiabilidad, respeto y crédito ciudadano.

“Era el modelo pionero del ‘Policía de barrio’, que hoy la sociedad extraña con nostalgia. Aquel que busca acercarse a los ciudadanos y recuperar su confianza en los uniformados, así como articularse con ellos para que la denuncia de delitos sea más efectiva y oportuna.”

“El tipo que no esquiva la responsabilidad de su autoridad. El poder que ejercía era con juicio, responsabilidad y transparencia, sin abusar.  El que estaba ahí, presente, en el lugar de los hechos. La persona con uniforme fiable y amable a la que se podía recurrir sin ningún temor y con respeto”, enfatiza Jorge Huergo, abogado, ingresando al Palacio de Justicia.

Nuevos tiempos

Pero luego los tiempos cambiaron, crecieron las ciudades, hubo un renovado urbanismo, llegaron nuevas personas otras se marcharon y vinieron los años de violencia. Los desencuentros con la gente. La fuerza pública enfrentada al pueblo. Las escaramuzas callejeras. Los excesos urbanos de autoridad.

“Se dio una división. Un rompimiento entre el ciudadano y la institución. En mi generación, en ocasiones la Policía se tornó en enemigo porque había mucha corrupción, tal vez fruto del narcotráfico. Recuerde usted que hubo muchas purgas internas para intentar acabar con las manzanas podridas”, opina el también abogado Leonel Cantillo, de 55 años.

La violencia se corporizó en facciones y muchos uniformados eligieron un espacio diferente al del viejo policía del barrio. Tanto que la Institución realizó emocionales campañas dibujando el ‘Policía Amigo’.

“De ese lugar, no volvieron más: los vimos hasta no hace mucho, reprimiendo maestros, golpeando jubilados, arrestando a gentes que no tenían nada que ver” protesta Carlos Tapia, estudiante de derecho.

“Lo vemos, hasta hoy, deteniendo a vendedores ambulantes, robándoles las mercancías, golpeándolos impunemente sin dialogar ni entender las necesidades y urgencias que nos tiran a la calle, mientras los verdaderos ladrones están en otras partes”, afirma Sara Pérez, tras detener una carreta con frutas y señalar el edificio de la Gobernación.

“Es el policía de la esquina, de mi niñez, lo que hoy se extraña. El policía de antaño, con una correcta y confiable relación con la comunidad, para que ésta se sienta representada”, enfatizó Cantillo.

“La persona con quien podrás contactar, cuando lo necesites, para plantear cuestiones relativas a la convivencia y la seguridad”.

Pero además en un tiempo los alejaron los encerrados en estaciones, aunque luego habilitaron los CAI, en parques y avenidas, buscando acerca la Institución a la gente. Pero ya no fue lo mismo.

“Tanta gente, tantos barrios, tantas necesidades, tan poca tolerancia, tantos conflictos, el deterioro de la sociedad ya no hace fácil que contribuyan a resolver las necesidades vecinales y a hace un seguimiento de ellas”, explicó Karla Tole, psicóloga de la Universidad Cooperativa.

Y agrega: Hoy, es el poco tiempo que tienen ante la poca oferta, es insuficiente el pie de fuerza, y máxima demanda de la comunidad. “Van atienden la llamada de auxilio, si pueden, y se marchan”.

César López tiene otra mirada. Destaca que la selección de los nuevos uniformados es un punto importante.

“Para poder ingresar a la policía de los nuevos tiempos, los interesados deben acreditar una educación media superior, aprobar comportamientos y ser evaluados mediante controles de confianza. Recuerden que hoy utilizan armas de fuego y equipos de seguridad”.

No lo sé, continúa, pero ojalá estén siendo capacitados con un enfoque preventivo, de derechos humanos y atención barrial.

Hoy en día lo más cercano al policía de la esquina es la policía comunitaria que junto a la policía ambiental realizan brigadas permanentes en las que se integran los efectivos de la institución y las comunidades recordando que al fin y al cabo todos son hijos de una misma patria.

En resumen, la labor de un policía debe ser admirable. Como se ha dicho, su labor es indispensable para la sociedad y la existencia misma del Estado de derecho. Sin su adecuado funcionamiento, restablecer la vida social armónica y la paz en nuestro país será inalcanzable.

¡Qué falta hace la autoridad!