Diario del Huila, Historia

Libardo Jiménez es un orgulloso campoalegruno residente en la ciudad de Neiva, quien se gana la vida vendiendo deliciosos raspados y limonadas para calmar la sed de los transeúntes.

20 de sus 52 años, ha vivido en la ciudad de Neiva Libardo Jiménez, un robusto hombre que demuestra energía en su fornida figura y el temple de su voz. Habla en tono militar, aunque no perteneció al Ejército; es el carácter que él mismo logró forjar a través del tiempo.

Nació en Campoalegre, Huila bajo el seno de una familia humilde, es el séptimo de 10 hermanos y su espíritu independiente lo llevó a buscar una salida diferente para poder superarse.

Una segunda oportunidad

En sus primeros años se dedicó a la electrónica, cuenta Libardo, pero un accidente laboral a una altura de 30 metros, casi lo “mata” y lo dejó por más de un año bajo cuidados médicos sin poderse valer por sí mismo.

“Yo quedé 14 meses sin saber lo que era la vida, no podía comer nada sólido, me alimentaban a través de un pitillo”, recuerda con un rostro de agradecimiento, por la segunda oportunidad de seguir viviendo que le dio el Todopoderoso.

Su recuperación fue lenta y de muchos gastos económicos, sin embargo, nunca se vio desamparado por la “bondad de Dios” y sabía que de alguna forma tenía que volver a retomar la vida, aunque tuviera que empezar de cero.

Señala que las cosas buenas que le han pasado en medio de las dificultades, han sido por ser buen hijo, a la vez que imparte un consejo y reflexión para todas las personas que puedan conocer de su historia: “Uno nunca debe negarle a la mamá nada, porque la mamá sólo es una, uno debe sacar el sustento primero para la mamá y después para la mujer”, reitera.

El negocio

Sus días transcurren con tranquilidad, refiere que paga arriendo en inmediaciones del Estadio Urdaneta Arbeláez y que el negocio con el que decidió emprender hace algún tiempo, le da para pagar los gastos diarios, aunque tiene que lidiar con las autoridades para poder vender.

Vive solo, pues con su esposa se dejó ya hace varios años y de sus tres hijos sabe lo necesario. Se despierta muy temprano ya con una rutina establecida, su trabajo le permite realizar las actividades de la casa para empezar con la venta de “las mejores limonadas y raspados de Neiva” a eso de las 9: 00 a.m. ya cuando el sol empieza a hacer su efecto en los neivanos.

“Siempre cocino la fruta para los raspados, dejo todo preparado, son 40 minutos de preparación para poder licuarla”, manifiesta diciendo una vez más que la gente no pierde la plata al comprar sus raspados, “porque son los mejores de Neiva”.

Suele frecuentar el monumento de La Gaitana, donde los turistas llegan con gran frecuencia, pero según señala, la Policía lo ha “corrido” en varias oportunidades de ahí y le ha tocado buscar otros sitios de trabajo como el Parque Santander, en la zona céntrica.

“La Policía toma limonada del otro señor que vende también raspados. Yo trabajo allá pero el otro vendedor manda a la Policía y me hacen mover el carro”, dice con tono fuerte y con el ceño fruncido.

En medio de todo es un hombre alegre y así lo demuestra mientras pregona su producto y me sirve un vaso de limonada helada al tiempo que le sube volumen al radio justo en el momento en que la emisora anuncia que “se está acabando el año”.

Bajo la sombra de los grandes árboles del parque, añora estar en la Gaitana, donde dice que se ha ganado una importante clientela por la calidad de su producto y por su manera fraternal de tratar a las personas.

“Yo me hago querer, soy un hombre muy correcto, trabajo en lo mío y a nadie le hago mal”, son algunas de las frases que tiene como filosofía de vida.

Cuando cae la tarde y la temperatura de la ciudad empieza a bajar, sabe que es hora de ir recogiendo su puesto. Con cuidado empieza a limpiar y una vez tienen todo en orden, emprende su recorrido, empujando el carro que le da el sustento, hasta su humilde hogar para al otro día volver a empezar.

Después de su esposa, la mamá de sus hijos, no ha vuelto a conseguir pareja, pero sueña con que “mi Dios” le envíe una buena mujer que lo acompañe por los años de vida que le quedan, que sea su compañera en las buenas y las malas “para ponerla a vender raspados” junto a él, señala con picardía.

Quiere vivir sus últimos años con tranquilidad, sin que nadie le regale nada pero que tampoco le quiten, pues tiene la suficiente gallardía de afrontarse a lo que se venga sin temor de nada y acompañado de su Dios.

“Espero trabajar contento y no amargarme la vida con nadie. Espero seguir trabajando con lo mío porque gracias a Dios a nadie le quito nada. Soy un hombre honorable y la gente me conoce: vendo calidad y los mejores raspados caleños y limonadas de todo Neiva”, concluyó.

El hombre dice vender “los mejores raspados y limonadas de Neiva”.