DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

Mauricio Pérez está hace ocho años en el mercado de la venta de leche por jarreo en Neiva. Sostiene a su familia y da empleo a una persona que lo ayuda con un oficio que muy pocos conocen por su nombre y que en varias ocasiones ha estado al borde de desaparecer por políticas de salud de los gobiernos.

Junto con él otros 80 comercializadores se han asociado y continúan en el negocio de vender leche cruda, que carga en cantinas en la tasa de una camioneta, y mide con una jarra de metal a los vecinos que salen con vasijas a recibirla en las rutas que cumple a diario.

Dios es mi guía, dice la calcomanía en el panorámico de la camioneta

Dios es mi guía, dice la calcomanía en el panorámico de la camioneta

Jornada diaria

Pérez trabaja todos los días desde las cinco hasta las diez u once de la mañana, cuando termina con el producto. Sus clientes, principalmente mujeres, amas de casa, de tradicionales barrios residenciales como Altico, Calixto Leyva, Ventilador, y populares, en otros sectores de la capital del Huila. El anuncio de su visita es el sonido del carro, el pito o el grito del ayudante: “Lecheeeee…”

A Mauricio lo encontramos en el barrio Estadio, casi en el microcentro de la ciudad. De inmediato reconoce que es uno de estos sobrevivientes a la pasteurización de la leche que se ha querido imponer en Colombia desde hace más de una década.

“Persistimos en la labor informal a pesar de los múltiples intentos por acabarnos”. Y agrega que los ha favorecido la costumbre popular de adquirir leche cruda “que la gente considera, y es así, más entera, nutritiva, tiene nata y les proporciona satisfacción al consumirla”.

Es hombre simpático, dicharachero, quien cuenta con ‘frescura’ que llegó al negocio “por esas cosas de la vida”. Era el ayudante de don Luis Perdomo, quien se marchó de la ciudad después de trabajar por 40 años en el mismo oficio, expendiendo leche, y se le cedió a Mauricio.

Heredó hasta la ruta del comercio pues trae la leche de Rivera o del corregimiento de La Ulloa, todos los días, en donde la compra la botella a $900 a los finqueros y la vende a $1.300.

“Desde tempranas horas de la mañana ya estamos en la calle. La clientela ya conoce la ruta, los horarios y donde estacionamos, si es el caso. No les gusta la leche de bolsa. Prefieren las que les vendemos personas como nosotros porque les hace nata. Dicen que les sabe mejor y es más barata que la pasteurizada”, comenta con orgullo, detrás del timón del carro que luce en el parabrisas una cinta amplia en la que se lee: Dios me guía.

La camioneta la está pagando, con un crédito de $25 millones de pesos. Aún le faltan dos años para terminar de pagarla, explica y suspira. “En un día hago unos cien mil pesos con los que paga al ayudante, saco 30 o 40 mil para la casa y lo otro es para el pago de la deuda y lo que queda lo ahorró para los imprevistos que nunca faltan”, comenta.

La esposa se llama María Alejandra Castañeda de 35 años y tienen dos hijos; Kevin Mauricio de 4 años y Alejandro de 13, “ella se dedica al hogar y los muchachos están estudiando”.

Transportan 8 cantinas de 56 botellas de leche

Transportan 8 cantinas de 56 botellas de leche

Salud pública

Le preguntamos por los supuestos riesgos de tomar leche cruda, que es uno de los argumentos de la oposición. Aseguran que es el alimento de mayor riesgo en salud pública y, por lo tanto, debe estar sometido a rigurosas medidas de higiene, le digo.

“La gente sabe que tiene que hervir la leche. Las bacterias se mueren a los 65 grados… Eso lo informan en los cursos de manipulación de alimentos”, responde con seguridad. Y agrega que no le importan los controles y la vigilancia sobre la calidad del producto “lo importante es que nos dejen trabajar”.

Ya se comenta que se prepara una nueva normatividad y si igual que en el pasado toca marchar para que nos reconozcan, estamos dispuestos a defender nuestro derecho al trabajo, reclama el acompañante, David Pérez, en la parte trasera de la camioneta, familiar de Mauricio.

“Dizque prohibir la venta de leche cruda en las calles por salud pública, cuando en muchos países es permitida, autorizada. Si la excusa es higiene y salud pública, deberían prohibir la venta de chunchulla, morcilla, empanadas, avena, guarapo y toda cantidad de comidas que se venden al aire libre”, terminan burlonamente, y se marchan.